Dos instantes de silencio

Dos instantes de silencio

Fernando Molina

El día que conocí a Miguel Ángel Blanco, el día que supe que una persona con ese nombre existía, yo llevaba veintiséis años conociendo a ETA. Tengo en la memoria los sábados sin autobús para volver de casa de la abuela, con mi madre y mis hermanos de la mano, evitando los lugares donde habría altercados. Recuerdo los autobuses calcinados en mi barrio sin que nadie buscara evitarlo (ni perseguirlo) pese a que todo el mundo sabía el día que tocaba autobús quemado e incluso las líneas que se verían agraciadas con esa lotería. Nunca puedo olvidar, cuando paso a su lado, el garaje donde mataron a dos policías y una mujer embarazada, o la lonja de la antigua comisaría en donde volaron la cabeza de un policía nacional. Cuando abandoné la adolescencia ya sentía hastío ante la impunidad con que se ejercía esta violencia. Había frases que me resultaban hirientes: “por alguna razón lo habrán matado”, “era buena persona, pero se metió en política”, “es una pena que se mate, pero este pueblo ha sufrido mucho”, etc. En la universidad decidí adoptar una protesta activa, participé en concentraciones de Gesto por la Paz de mi barrio y cuando llegó la iniciativa del lazo azul me sumé a ella y sostuve la mirada de quienes me la dirigían con odio. Todo era fruto del cansancio.

Finalizada la carrera el hastío creció. Cuando asesinaron a Francisco Tomás y Valiente acabé viajando a Madrid para acompañar su féretro. Cuando vi por televisión a José Antonio Ortega Lara recién liberado mi mente me llevó a los prisioneros bosnios de la guerra de Yugoslavia. Con esa percepción de las cosas me encontraba el día de julio en que surgió la noticia del secuestro de Miguel Ángel. Este tuvo lugar en la víspera de coger un autobús a un campo de trabajo de una ONG con la que colaboraba. Antes de coger ese bus pude asistir a la manifestación de protesta de Bilbao. En mitad del viaje me enteré de que Miguel Ángel había sido encontrado agonizante. Hice el viaje escuchando las radios portátiles de los viajeros, inmerso en una terrible congoja. Esa noche no pude parar de llorar.

La mañana del domingo decidí marcharme del campo de trabajo, cogí un bus que me dejó en Bilbao justo cuando la manifestación en repulsa por el asesinato pasaba por la Gran Vía. Dos manifestaciones en dos días. Una diferencia esencial: la del sábado había sido silenciosa y ordenada, inspirada en el patrón de Gesto por la Paz. La del domingo fue ruidosa y confusa, especialmente en los laterales. Una parte de los manifestantes nos concentramos ante la sede de HB. Grité con los demás, señalándoles como responsables. Cuando subí a mi barrio me sumé a la concentración local de Gesto. Se celebró en silencio y fue mucho más amplia que de costumbre. Al terminar, la gente empezó a protestar. Una muchacha de Gesto se puso a llorar y a decir que ese no era el camino. Una movilización improvisada surgió de esa concentración y nos llevó por algunas calles del barrio. Se gritaron los nombres de batasunos del barrio como culpables y varios vecinos entraron en el portal en que vivía uno de ellos, antiguo sacerdote, aporreando su puerta. Su compañera salió pidiendo que no les hicieran daño. Los batasunos habían desaparecido de unas calles que habían controlado hasta entonces a su antojo.

El día después, lunes, se decretó un cierre de comercios en repulsa por el asesinato. Bajé con mi hermana a la calle y al pasar por la herriko contemplé que era el único comercio que permanecía abierto, con personas dentro contemplando desafiantes las calles semivacías y los comercios cerrados. No recuerdo exactamente cómo fue. Creo recordar que había alguien quieto. Enfrente de ellos. Mirándoles en silencio, separado por una calzada vacía de coches. Estaba solo. Y nosotros, mi hermana y yo, nos sumamos. Tres personas enfrente de la herriko. Poco a poco otras se nos unieron. Fue un instante de silencio ante la herriko, de la que salió uno de los “esquadristas” locales, nos miró con cara de odio y nos amenazó, señalando especialmente a una de las personas. No recuerdo que nadie respondiera. Sin embargo, al poco alguien sacó del piso superior una cámara y se puso a grabarnos. Empezamos a gritarle. Para entonces ya éramos una pequeña masa y arropados por esta condición, como la noche pasada, abandonamos el repertorio de Gesto. En unos minutos éramos muchas más personas que las que se refugiaban dentro de la herriko, y digo refugiaban porque su reunión pasó de ser desafío a ser refugio. Para entonces ya no callábamos. Cruzamos la calzada y la cortamos. Lo que estaba pasando era lo nunca visto. La sede central del “esquadrismo” del barrio rodeada por vecinos indignados. La Ertzaintza se colocó con material antidisturbios. Estábamos ya a la entrada del local y el ánimo era entrar. Uno de los gritos más insistentes era “esa ikurriña no la merecéis”. Aludía a la bandera que colgaba de la terraza del piso desde el que se nos había grabado. Un muchacho se subió a un árbol y la arrancó entre aplausos. Alguien empezó a romper los cristales del local. Un ertzaina de paisano intentó impedirlo y fue confundido con un batasuno y golpeado, y tuvo que ser rescatado por sus compañeros.

La puerta del local estaba cerrada y dentro la gente que había allí nos miraba con cara alucinada. Los policías decidieron evitar el asalto cerrando ellos mismos la persiana de la herriko que, por primera vez, rindió respeto a un asesinado por ETA. Todos estallamos en aplausos, en risas y mofas ante unos “esquadristas” que se refugiaban detrás de aquellos a los que llamaban “cipayos”. Todos empezamos a gritar una consigna: “a las 5 en la herriko”. La idea, completamente improvisada, gritada mirando a las ventanas desde las que los vecinos nos aplaudían, era marchar en manifestación a la zona de fiestas del barrio, controlada por el “esquadrismo”. La zona de “txosnas” había permanecido abierta la noche anterior pese a las demandas vecinales de que se cerrara como acto de luto.

Cuando abandoné la zona mi sentimiento era de euforia, rodeado de personas tan indignadas como yo, veía el terror en quienes lo habían ejercido siempre. A las cinco estaba en la herriko. Al mediodía había llamado a un buen amigo para que se acercara en coche. “No te lo puedes perder, va a ser épico”. Y lo fue. A las cinco, en la herriko, estábamos una muchedumbre nunca vista en el barrio. Cientos de personas, gritando y cantando ruidosamente. Allá, a lo lejos, en la estrecha calle que conducía al recinto ferial, estaban “ellos”. Los “borrokas”. Los batasunos. Y eran menos. Siempre habían sido más. Apoyados en ser una minoría organizada frente a una mayoría desorganizada habían gritado, insultado y apaleado a su antojo. Ahora, por primera vez, eran muchos menos. Además, les habíamos arrebatado su repertorio característico de acción. A sus gritos respondíamos con los nuestros, a sus insultos, con los nuestros. A su odio, con el nuestro. Su comunidad de violencia se había encontrado con otra espontánea que, por primera vez, les plantaba cara. Desde nosotros todo eran gritos y lemas, incluidas canciones sarcásticas que les retrataban como unos cobardes, igual que a ETA. El repertorio de Gesto por la Paz había desaparecido. Pero su apartamiento no nos había dejado sin repertorio de acción, disponíamos de uno mucho más potente: el del fútbol. Nuestra concentración funcionó igual que una masa de gente yendo a ver un partido o celebrando un gol. Los mismos cánticos, el mismo tono celebratorio.

Avanzamos poco a poco, separados de la contramanifestación por agentes antidisturbios, sabedores de que no podrían controlar nada cuando la masa decidiese actuar. Pero las masas no actúan si no hay individuos que las agitan desde fuera o desde dentro. Fuera no había nadie, no había líder. Dentro había indignación y el peso de esta decantaba a los más movilizadores. Yo gritaba más que nadie. Me reía con las ocurrencias de la gente más que nadie. Empujaba a los de las primeras filas para avanzar más que nadie. La Ertzaintza nos amenazó con cargar. Pero la gente se reía. A mí me daba igual porque no tenía voluntad, se la había cedido a quienes me rodeaban, como ellos me habían cedido la suya. Me había “hecho masa”, en la forma en que Elías Canetti lo cuenta. Desde mi masa llovían frutas y piedras y todo lo que encontrábamos dirigido a los de la masa contraria, que respondían a duras penas, con creciente falta de convicción a medida que nuestra masa no paraba de crecer y la lluvia de objetos se intensificaba. Y así, desoyendo a la policía, comenzamos a avanzar.

Para entonces ya había tenido lugar la “descarga”. Según Canetti es el momento en que todos los miembros de una masa se despojan de sus diferencias y se sienten iguales. Ya no eres un individuo, eres un grito. Ya no eres antes, cuando eres persona, ni después, cuando vuelves a serlo. Eres ese momento. Eres masa. Estás disuelto en ella, sintiéndote que te llevan y, a la par, que tú la llevas. Yo me veía empujado desde atrás mientras delante tenía unos policías con material antidisturbios que gritaban. Pero no me gritaban a mí. Si hubiera estado solo habría parado. Pero no estaba solo. Se dirigían a una masa de la que formaba parte. Así que yo, a la vez que me veía empujado, empujaba. Y a veces empujaba sin ser empujado, simplemente por el placer de contemplar cómo yo, tan pequeño, podía mover algo tan grande, cientos de personas que se movían porque yo empujaba.

Llega un momento en que los que están frente a mí, a lo lejos, comienzan a quedar cerca a medida que han llegado al recinto ferial y ya no pueden retroceder más de forma ordenada. Y nosotros seguimos avanzando. Y los policías siguen amenazándonos. Y yo sigo empujando. Y cada vez los veo más cerca. Ya veo sus caras. Son las caras de quienes amenazaban a los compañeros de Gesto en el instituto. Las de quienes se contramanifestaban frente a ellos en la calle y les insultaban, escupían o pegaban rodillazos. Las de quienes se concentraban a favor de sus presos y gritaban “Gora ETA” en el barrio. Y esas caras, por primera vez, expresan desaliento. Porque nosotros no paramos de gritar. Y porque el repertorio de gritos, de canciones, de lemas, de insultos, va alimentando una determinación que todos vamos asumiendo al gritárnosla unos a otros: “a por ellos”. Ese es el grito que comienza a ahogar los demás. El que yo hago cuando estoy empujando a los de delante y el que hacen los de atrás cuando me empujan a mí. El que ahoga el de los policías. “A por ellos”. Cada vez más fuerte: “¡A por ellos, hijos de puta!”.

Y entonces la masa culmina su descarga. Mi disolución es completa. Solo soy ahora. Solo soy gritos, solo soy insultos, solo soy un empujar, un reír nervioso. Solo soy rabia, solo soy los latidos de mi corazón que van a cien por hora, solo soy calor en la cara. Y ahora, veinte años después, lo que recuerdo es pura metáfora. Recuerdo un nuevo instante de silencio (silencio íntimo, no ambiental, porque lo que rodea ese silencio es una confusión de gritos, insultos, objetos volando y carreras). Me doy cuenta, en un estado de alucinación total, que ya no puedo empujar más porque los que empujo ya no están, han empezado a correr hacia los que tenemos enfrente. Y los que me empujaban también corren y me adelantan. Y yo, rodeado por personas que corren, veo que los policías se han apartado mientras todo el mundo ha empezado a correr. Y también me pongo a correr, con la mirada fija en un horizonte borroso en el que los que tenía enfrente comienzan a desaparecer porque están huyendo a la carrera. Solo los primeros de mi masa consiguen alcanzar a los últimos de la suya. Solo esos pocos consiguen zancadillear y golpear a esos desgraciados. La desbandada de la borrokada es total, la cuesta que baja de la zona ferial se llena de batasunos rajados que corren y se tropiezan como en los San Fermines. Y yo me encuentro que hago lo que todos están haciendo: atacar el recinto ferial. Hasta que veo a gente corriendo a mi lado y vuelvo a ponerme a correr con ellos sin saber a dónde y al intentar subir una barandilla me encuentro un policía que me apunta con su escopeta y me grita que me pare. Y yo le alargo los brazos en señal de rendición, paro, respiro y contemplo. Las fotos de los presos, destrozadas. Las txosnas, desmanteladas. Las colgaduras, tiradas. La gente, dispersa. Unos han salido cuesta abajo a perseguir a la borrokada en espantada. Otros se han dedicado a romper lo que veían. Otros se han puesto a enseñar trofeos tomados del recinto ferial. Vuelvo a notar que soy yo. Me he reintegrado en mi cuerpo. Me siento desorientado. Mi rabia ha desaparecido. Como cuenta Canetti, con igual rapidez que se constituye, la masa se desintegra. Estoy muy cansado. El policía ha desaparecido nada más gritarme, intentando contener a otros. Busco a mi amigo y me retiro.

Mi recuerdo de las jornadas de Ermua es que en mi barrio hubo una masa y que yo formé parte de ella. Y que aquellos que siempre habían ejercido la violencia, aquel día se cagaron. Cuando recuerdo aquellas jornadas me acuerdo de sus caras y sonrío. Y me acuerdo de Miguel Ángel, a quien nunca conocí.

Fernando Molina es investigador y profesor en la Universidad del País Vasco.



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