La edad de la inocencia

La edad de la inocencia

Cristina Cuesta

El 22 de mayo de 1986, en la plaza de Guipúzcoa de San Sebastián, alrededor de sesenta ciudadanos vascos nos concentramos en silencio porque otro ciudadano, el policía nacional Manuel Fuentes Pedreira, había sido asesinado por ETA dos días antes en Arrigorriaga, tras un partido de pala en el frontón de esa localidad. Nos reunimos un cuarto de hora en silencio tras una pancarta que rezaba: BASTA YA, NUESTRO PUEBLO QUIERE LA PAZ. Acudimos convocados por la Asociación por la Paz, promovida por mí en abril de ese año y constituida por 22 miembros que el 8 de mayo decidimos abandonar un largo letargo social y dar un pasito al frente para “no justificar ningún tipo de violencia y defender la tolerancia y el diálogo para la pacificación en el País Vasco” (Diario Vasco, viernes 9 de mayo de 1986, p. 6).

El Diario Vasco, 22 de mayo de 1986

El Diario Vasco, 22 de mayo de 1986

Nos comprometimos a convocar concentraciones silenciosas tras el asesinato o la muerte violenta de un ser humano, independientemente del grupo terrorista que actuara, la profesión de la víctima, su ideología, su procedencia o cualquier otra circunstancia. Nos centrábamos en la irreparable pérdida humana, en la costumbre insoportable del asesinato ante la apatía general. Buscamos un compromiso continuado y público con el derecho a la vida, contra el terrorismo y a favor de las víctimas, protagonistas de la noticia uno o dos días, a las que pronto se olvidaba. En las primeras reuniones decidimos también enviar artículos de opinión a la prensa sobre temas de interés relacionados con la violencia, acordamos intentar entrar en algún aula para dar nuestra visión a los más jóvenes y, siempre que fuera posible, visitar y acompañar a las víctimas después de los atentados.

En esta primera concentración participaron víctimas del terrorismo: José Luis, Alberto, Carmen. Repartimos entre los transeúntes unas humildes octavillas en las que escribimos: “Estaremos aquí reunidos en silencio durante un cuarto de hora porque una vida humana ha sido eliminada cruelmente de nuevo. Volveremos a concentrarnos cada vez que la desgracia de los asesinos afecte a cualquier persona de nuestra tierra. Únete a nosotros. Luchamos por la paz. ¡Basta ya de violencia! El apartado 491 de Donostia nos une”. Recuerdo que me sentía emocionada. Creo que jamás había realizado una acción con tanto sentido. Dedicamos esos minutos a un hombre asesinado, recordábamos a su familia, a sus amigos, a sus compañeros, dando la cara, saliendo a la plaza pública a mostrar nuestra indignación y nuestra tristeza. Recuerdo la densidad de aquellos minutos, las miradas sorprendidas de los que pasaban de largo, la sospecha bastante fundada de que volveríamos pronto a estar otra vez concentrados, la necesidad de que se unieran más ciudadanos y el convencimiento de que nuestro compromiso iba en serio.

Más de treinta años después me causan una infinita ternura aquellos mensajes básicos que nombraban sin nombrar, que casi pedían permiso por ocupar el espacio público para defender la vida y los derechos humanos fundamentales. Un discurso sencillo que hay que analizar en un contexto social y político sangrante, en donde las víctimas no existían y las respuestas cívicas deslegitimadoras eran casi nulas. Éramos unos locos heterodoxos que nos atrevimos a incomodar algunas conciencias, a humanizar a las víctimas, a tomar partido ético por los derechos humanos y a responder pacíficamente a la violencia terrorista y a los violentos. Nació una nueva manera de mirar y de actuar ante la realidad de sufrimiento y de miedo que nos rodeaba, en la que las víctimas se hacían presentes y tímidamente empezaban a alzar la voz, incluso en silencio.

Me reconozco en aquel coraje que nos motivaba a no aceptar como algo normal los asesinatos semanales, a que como vascos nos dijeran que mataban en nuestro nombre, a vivir en la clandestinidad, entre el temor, el silencio y la complicidad. Con la fuerza de la voluntad y un sentido ético no contaminado de falsos relatos señalamos que el horror cotidiano podía dejar de ser parte de nuestro paisaje, iniciamos un camino de concienciación y movilización que cuajaría once años después como respuesta cívica al secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco, como nunca antes y como nunca después.

Fue creciendo lentamente la necesidad ciudadana de manifestar que el terrorismo no nos representaba, que la mayoría de la sociedad, aunque callara o mirara para otro lado, no estaba de acuerdo con la barbarie, que el terror, el odio y el sectarismo no podían ser nunca una estrategia y que la vida humana no podía ser moneda de cambio para la consecución de ningún objetivo político. Dedicamos atención a las víctimas, decenas, cientos de víctimas olvidadas social e institucionalmente. Fuimos testigos de los testigos y nos dimos cuenta de la dimensión de la enfermedad social que estábamos padeciendo.

Extendimos la necesidad de posicionarnos ante el terror siempre injusto, de alinearnos con la víctima de una manera solidaria, coherente, constante y digna intelectualmente. Convocamos cientos de concentraciones, manifestaciones y actos, y en ocasiones aguantamos chaparrones, insultos, humillaciones, ¡hasta nos tiraron huevos rellenos de pintura amarilla y roja! ante la atenta mirada de la Ertzaintza. También crecimos en amistad junto a compañeros que en otras circunstancias no hubiéramos conocido nunca, una camaradería única entre ciudadanos diversos unidos en lo fundamental. Compartimos horas de silencio en una plaza bella de una ciudad bella donde se mataba con soltura y con elocuencia y además se insultaba al muerto y se aclamaba al pistolero y se reivindicaban las ideas que conducían a ese asesinato. Fuimos libres en nuestro compromiso, como libres eran todos aquellos que decidieron matar y amargarnos la vida. Resistimos y ganamos. No los derrotamos porque en su mayoría no han terminado avergonzados, sino orgullosos, y siguen empeñados en instalar en la conciencia colectiva vasca que las razones por las que se ha asesinado tanto son aceptables, democráticas, liberadoras. Cada víctima nos sigue recordando todo lo contrario, aunque no todos lo quieran ver o no les convenga hacerlo.

Como víctimas tuvimos que defender nuestra inocencia ante el “algo habrá hecho”, a pelo. Rechazamos el odio y la venganza, y defendimos el estado de derecho, cuando éste, en tantas ocasiones, nos había abandonado. Las víctimas, junto a otros ciudadanos imprescindibles, salimos a la calle para dar ejemplo de entereza, de arrojo cívico, de sensatez, de “comportamiento impecable”, según declaraba recientemente el escritor Ramón Saizarbitoria (eldiario.es, 7 de enero 2017). Hemos demostrado sobradamente ser gente civilizada entre los bárbaros.

En 1981 tres mujeres valientes, Ana María Vidal Abarca, Isabel O`Shea y Sonsoles Álvarez de Toledo, fundaron la Asociación Víctimas del Terrorismo, una organización de carácter asistencial y de ámbito estatal, con el objetivo de aunar a las familias víctimas del terrorismo, reclamar sus derechos y exigir justicia. Ellas fueron las primeras víctimas que se movilizaron, que se pusieron los zapatos de pedir como decía nuestra querida Ana María, para reivindicar lo justo: atención, reconocimiento, protección. En palabras de Ana María Vidal Abarca, recogidas por su hija Ana Velasco Vidal Abarca en su blog el 6 de julio de 2015: Los años y la experiencia me han enseñado algo muy valioso: puede parecer un contrasentido pero no lo es. En esta vida hay veces que aunque parezca que pierdes, ganas. Porque ganas siempre cuando eres buena persona, ganas siempre cuando procuras no hacer daño a nadie, ganas cuando defiendes la vida y la libertad. Ganas siempre cuando defiendes tus ideas con la palabra, razonablemente, sin descalificar y ganas cuando confías, aunque a veces te equivoques”. Las víctimas del terrorismo han estado, están y seguirán estando en la vanguardia de la Memoria, la Justicia, la Verdad y la Dignidad. Principios que tantas veces, todavía hoy, desde la realidad política, social e institucional vasca se intentan neutralizar, contrarrestar, rebajar, cuando no directamente anular.

El antropólogo y escritor Mikel Azurmendi en un artículo para El País, “La verdad de las víctimas”, del 30 de agosto de 2001, escribía: “Y no es retórico reconocer que los allegados de las víctimas son precisamente quienes han evitado hasta ahora la serie en cadena de una reyerta civil interminable al expresar ‘que mi muerto sea el último’”. Max Mannheimer, víctima del holocausto fallecido recientemente, dedicó muchos años de su vida a dar charlas a jóvenes alemanes sobre su experiencia en los campos de concentración. Muchas veces terminaba con estas palabras: “No sois responsables de lo que pasó pero sí de que no vuelva a pasar”.

Para que no vuelva a pasar asumamos el significado ético y político de las víctimas del terrorismo. El de Manuel Fuentes Pedreira, el de todas las victimas del terrorismo.

Cristina Cuesta es hija de Enrique Cuesta, delegado de Telefónica en San Sebastián, Guipúzcoa. Fue asesinado por los Comandos Autónomos Anticapitalistas en San Sebastián el 26 de marzo de 1982. El mismo atentado también le costó la vida a su escolta, el policía nacional Antonio Gómez García. Cristina Cuesta es una de las fundadoras del movimiento pacifista en el País Vasco.



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