Volver a empezar (desde la memoria)

Marcos Hernando

Imagine –siquiera en sueños– que pudiéramos volver atrás y modificar la historia…

“El Ministerio del tiempo” es el título de una serie fantástica de TVE que, como tal, fantasea acerca de lo que podría ocurrir –para bien o para mal– si interviniéramos en algún acontecimiento clave de la historia pasada. Hacerlo, en la utopía literario-televisiva, permite alterar los hechos que pasaron hace tiempo, meses, años o siglos y corregirlos para mejorar la historia o para impedir a otros empeorarla…

Obviamente si personificamos la historia –las personas y los pueblos que la han hecho– y pudiera volver atrás para aplicar una visión más humanista sobre los acontecimientos de cada época, intentaría modificar algunos hechos lamentables, algunas fechas que supusieron un horror entonces y como tales perduran en la memoria colectiva, en la propia historia. Borraríamos muchas guerras y muchas calamidades que nuestros antepasados sufrieron. Intentaríamos adelantar la aparición de ciertas medicinas que evitaran la mortandad causada por las plagas y pestes que diezmaron poblaciones en todo el mundo y, ya puestos a soñar, intentaríamos ir del pasado al mañana para resolver los desastres y padecimientos que las personas y la humanidad parece que no somos capaces de corregir para el futuro. Eliminaríamos las causas del hambre que en pleno siglo XXI producen tanta miseria y mortandad, tantos movimientos migratorios, tanta infelicidad…, y eliminaríamos las enfermedades de las que nada sabemos, que se llevan la vida de niños y jóvenes aleatoria y prematuramente… Intentaríamos enmendar la –que parece ser– mayor torpeza de nuestra especie, la incapacidad para corregir el rumbo autodestructivo, como si un sino o una predestinación inevitable nos llevara hacia el abismo.

En ambos casos, incidir en el pasado o en el futuro son sueños que parecen vedados a los humanos y sólo a los dioses les está permitido tocar. Pero el pasado puede servirnos para enmendar el rumbo y… el futuro no está escrito.

Pero, si pudiera cambiar algunas cosas de los pasados 50 años, ¿qué cambiaría?
 Es una pregunta fantástica e interesante que nos vuelve a la ilusión de la serie televisiva invitándonos a soñar el pasado y nos posibilita en ese ejercicio, corregir, remediar o enmendar la dirección negativa de los acontecimientos acaecidos con lo que se habrían evitado desastres personales y colectivos…
Posiblemente muchos coincidiríamos en lo fundamental, en reparar las causas que determinaron desgracias colectivas y cada cual intentaría cambiar las particulares que afectaron a los suyos y a sí mismo.
Si yo pudiera participar en el juego, modificaría los hechos que llevaron a la Guerra Civil española, al desastre de la República y a la dictadura franquista que sufrieron tantas familias y yo padecí durante mis primeros 25 años de vida y luego, ¡cómo no!, intentaría modificar los hechos para que no se produjera la II Guerra Mundial que tantas calamidades trajo a millones de personas… y en lo concerniente al mundo de las creencias religiosas, sería una utopía maravillosa imaginarse una niñez y una juventud ajenas al tormento de una religión dominada por el pecado, el machismo, la privación, el miedo o el castigo…
Pero ciñéndome a mi territorio más próximo, a mi pequeño, hermoso y terrible País Vasco, modificaría las causas y consecuencias derivadas de la existencia de ETA, trocaría las causas que llevan a una persona o un colectivo a considerar que su fin justifica sus medios y, por lo tanto, a creer que cumple con un mandato superior por encima de las leyes de la sociedad…; impediría el imperio del miedo y la extorsión que ha causado unos mil muertos y el exilio y destierro para unos cuantos miles, muchas veces olvidados.

Tal vez esta nostalgia por lo que pudo haber sido y no fue –por lo que pudimos hacer y no hicimos– sea algo que arrastramos desde el principio de los tiempos, consecuencia de nuestra mala cabeza por haber incumplido –nuestros ancestros primeros– las normas de un dios justiciero que nos echó del paraíso…, castigados para siempre a vivir en las tinieblas exteriores. Pero no podemos consolarnos culpando al pasado o a los dioses, ni responsabilizando a otros o a la historia de nuestra situación. Sería “echar balones fuera” una manera de irse por las ramas buscando las raíces.

Quisiera hoy, en este momento, desde el juego de “El Ministerio del tiempo”, recordar los hechos que acaecieron un 24 de junio de 1981 a las cuatro y media de la tarde, e intervenir para evitarlos. Ese día ETA ametralló en Tolosa a tres jóvenes amigos, vendedores de libros. Juan Manuel Martínez Castaños e Iñaki Ibargutxi Erostarbe, el primero de Durango y padre de dos hijos y el segundo de Miravalles-Ugao, ambos de 26 años, murieron en el acto; el tercero, Conrado Martínez Castaños, de 31 años, hermano del primero y padre de un hijo, murió a los 9 meses a consecuencia de los numerosos impactos sufridos. Su mujer, Natividad Burgoa, que recibió una nota de “la organización” diciendo que había sido un error, no pudo soportar los hechos y murió un año después.

El atentado, como unos trescientos más, no ha sido aún esclarecido por la justicia, por lo que será preciso recordar los hechos por los medios posibles, hasta que se asuman responsabilidades y se repare social y políticamente el daño…
Quizás, una habilidad tan fantástica posibilite a cada cual modificar o borrar su comportamiento o el de los suyos en el pasado y así le permita, más que ocultarse, afrontar los hechos con carácter retroactivo e introducir en el presente una reflexión, un cuestionamiento o una condena por cuanto ocurrió tiempo atrás. Será tarea personal y colectiva, pero antes que nada un posicionamiento que exige autocrítica, dignidad, voluntad de esclarecimiento, valor, ilusión y fantasía…
Al despertar del sueño de jugar a pequeños dioses modificando el pasado, sólo nos queda espabilar para que los hechos reales no se modifiquen ni se repitan y no se tergiversen por los “historiadores” o instituciones interesadas. En nuestras manos queda la enseñanza y el aprendizaje de que nunca más haya alguien entre nosotros que piense que su fin justifica el uso de la propia vida ni de las vidas ajenas.

Marcos Hernando es artista plástico, escritor y profesor en la facultad de Bellas Artes de la Universidad del País Vasco –Departamento de Escultura– durante los últimos treinta años. Desde sus inicios universitarios en el 67 participó en actos y movimientos tendentes primero a recuperar la democracia de manos de la dictadura franquista y a defenderla posteriormente del terrorismo etarra. El 24 de junio de 1981, terroristas de ETA ametrallaron en Tolosa a tres comerciales: Conrado Martínez Castaños, su hermano Juan Manuel e Ignacio Ibargutxi Erostarbe. Los dos últimos fallecieron en el acto. Conrado sobrevivió hasta el 28 de marzo de 1982. Al año del atentado, Nati, mujer de Conrado, recibió una misiva de ETA diciendo que había sido un error. Murió meses después al no poder superarlo. Conrado y Nati eran amigos de Marcos. Como este sostiene en un artículo publicado en El Correo en 2015, “ETA fue el error, ya que ni uno solo de sus actos fue un acierto”. Conrado tenía inquietudes artísticas. El cuadro que acompaña estas líneas es un óleo pintado por él en 1972, que lleva por título “Mutil” (Chico). Representa un rostro roto, quizás un trasunto del propio autor.



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