Unas flores sencillas

Unas flores sencillas

José María Silveti

Antes de la muerte de Franco mi vida transcurría entre reuniones con un grupo de amigos, pues veíamos que tenía que llegar el cambio, y más después del asesinato de Carrero Blanco, pero sin saber cuándo. Nosotros ya estábamos preparándonos para la democracia. A los dos años ETA asesinó al señor Vivó, alcalde de Olaberria y diputado provincial. Fue un duro golpe para nuestras esperanzas. No obstante, seguimos con nuestras reuniones. El mayor mazazo que tuvimos que soportar fue cuando asesinaron al presidente de la Diputación de Guipúzcoa, el señor Araluce. A raíz de este suceso incluso se llegó a pensar en dejar todo hasta que se calmara la situación, pues ya estábamos en la mirada de los grupos radicales.

Mi vida seguía entre la pesca y la política. Era socio fundador de una sociedad gastronómica en Guetaria, compuesta por 110 socios. En la sociedad se empezó a decir que había que izar la ikurriña, pero los estatutos no contemplaban tal capítulo. Para acordar su inclusión se convocó una junta extraordinaria. Yo les decía que si se levantaba la ikurriña había que levantar también la bandera española, pero nadie me apoyó, a pesar de que algunos socios que pensaban como yo y que estaban presentes se callaron.

Unos criticaron mi manera de actuar, pero muchos nacionalistas vascos sí que me dijeron que seguía fiel a mis ideas. Yo defendía a mi pueblo de Guetaria tanto o más que ellos y hablaba el vasco como ellos. En los sectores políticos fue de un gran impacto mi actuación, sabiendo lo que ocurría con ETA a los que pensaban como yo. En personas afines al sector de HB produje muchas antipatías y más de uno me decía “fascista” o “chivato”.

En más de una ocasión tuve que dar la cara por algunos de mi pueblo ante la Guardia Civil, cuando les llevaban detenidos. Si venían algunas madres yo no podía decirles que no. Mi familia me decía que tuviese cuidado, pero les contestaba que yo estaba tranquilo pues nunca hice mal a nadie. Yo tenía mis ideas y ellos las suyas, y aunque había que respetarlas, ellos no respetaban las mías. A partir del mes de noviembre de 1978 ya se rumoreaba que la UCD se presentaría en Guipúzcoa. Empecé a buscar gente que nos pudiera ayudar. Muchos me decían que sí, pero “no puedo porque ya sabes lo que pasa” (lo decían por los de ETA y sus acólitos).

El domingo 21 de octubre de 1979 me llamaron de Orio y de Fuenterrabía proponiéndome que la próxima reunión de la Federación de Cofradías de Pescadores se celebrara en el local de la misma en San Sebastián en vez de hacerlo en Guetaria. La reunión estaba convocada a las diez. Alrededor de las doce llamaron por teléfono desde la Cofradía de Guetaria informando de que se habían presentado allí cinco encapuchados armados y que a todos los empleados les quitaron el DNI, diciéndoles que comunicaran a Silveti que le daban 24 horas para resolver el problema del sector pesquero. Todos nos quedamos en blanco.

Jaime Mayor Oreja me mandó un coche para que me llevase a mi casa a Guetaria, en donde el pueblo estaba consternado, pero algunos simpatizantes de HB lo celebraron y un hermano mío en una sociedad gastronómica debió decir a sus amigos “algo habrá hecho cuando le han venido a buscar”. Si yo en vez de pertenecer a UCD hubiese pertenecido a cualquier otro partido, ese mismo día se habría llevado a cabo una manifestación, pero en Guetaria no se hizo nada y los barcos se fueron a faenar. Yo nunca pensé que me fuera a pasar nada malo.

La noticia se divulgó enseguida y pronto empezaron a llamarme de los periódicos y de las emisoras de radio. Yo les atendía a todos, pero no tenía ganas de hablar. El pueblo de Guetaria estaba dividido. Hubo personas que, aun conociéndome, me criticaron con cosas que no eran verdades. Pero yo ya estaba acostumbrado a escuchar esas insidias.

El día cuatro recibí una llamada telefónica diciendo que me estaban vigilando, pues “ellos” no se olvidaban de la promesa hecha de que si no se solucionaba lo de la pesca terminaría en el fondo del mar. Desde entonces, cada vez que tenía una llamada telefónica, al no saber quiénes eran, me ponía nervioso. Por mi mente pasaban muchas cosas y una de ellas era que alguno de los que llamaba tenía que ser de Guetaria. Yo seguía estando muy nervioso. La razón era que cada dos o tres días ETA mataba a alguien y sabía que yo estaba en sus listas.

El día 20 de agosto de 1980 vino un barco de San Sebastián a vender bonito. Mientras yo revisaba el pescado, estando de rodillas, un chico joven se me acercó por detrás, diciéndome, “qué pena que no te cogieran cuando vinieron a matarte”. La discusión fue a más hasta que me dio un amago de infarto. Aparte las llamadas telefónicas amenazantes que recibía cada poco tiempo, solo me faltaba escuchar lo que me dijo. Tenía la tensión arterial a reventar.

Pasados unos días, ya a principios de septiembre, en la ejecutiva a la UCD se acordó formar listas para el Parlamento Vasco, encabezando las mismas Jaime Mayor Oreja, Juan de Dios Doval, Jaime Arrese y yo. Se acordó mi traslado a Madrid para curarme y despejarme, pues ya ni dormía y en mi mente solamente había manías persecutorias, pensando siempre que me seguían todos para matarme. Así, con el tiempo, fui tranquilizándome.

Estando en Madrid, en los últimos días del mes de septiembre de 1980 yo pensaba trasladarme a mi pueblo, a Guetaria. El señor Argote, gobernador civil de Guipúzcoa, recibiendo éste información del ministro del Interior, señor Rosón, me insistió que no fuera, ya que se esperaban asesinatos de ETA y yo estaba en su punto de mira. Me convenció y me quedé. A los pocos días asesinaron a mi amigo Jaime Arrese. Sin decir nada a nadie fui a su funeral. Al día siguiente volví a Madrid y estando en el Hotel Regina hablando con un amigo de la ejecutiva saltó la noticia del asesinato de Juan de Dios Doval. Al oírlo me desmayé. Llamé a Jaime Mayor Oreja diciendo que en menos de una semana nos habían matado a dos amigos. Tuve que quedarme en Madrid. Aquellos días para mí fueron muy malos, sin nadie de mi familia conmigo, sin personas que conociera y con las que pudiera hablar, etc.

Salí adelante gracias a la gran ayuda del señor Oreja, de su jefe de gabinete, don Ricardo Martí Fluxá, de su señora doña Pilar, quien desde que me conoció siempre me preguntaba por los míos, y del ministro de Administración Territorial, señor Martín Villa.

En los primeros días del mes de enero de 1982 la enfermedad de mi madre se agudizó y el 1 de febrero ella dejó de existir. Bajo todos los conceptos su vida fue de grandes sacrificios. Los señores Oreja, Chus Viana, la plana mayor de la UCD vasca asistió a sus funerales. La gente abarrotaba la iglesia de Guetaria. Llegaron coronas de todas partes. Presidió el funeral el señor Oreja, amigo de la familia.

Como las coronas llevaban los colores de la bandera de España, un sector de la izquierda abertzale no lo pudo soportar. A los cuatro días, una señora que no comulga políticamente con mis ideas me dijo la pena y la rabia que tenía por haber visto que las coronas estaban quemadas en el cementerio. Le agradecí la información que me daba. Fui al cementerio y, efectivamente, todas estaban quemadas. La envidia y la maldad hacen estragos hasta después de haber muerto la persona. Lo que hicieron no tiene perdón. Le dije al enterrador que quería que depositara unas flores sencillas en la tumba de mi madre.

Quisiera que la gente se diera cuenta de lo que nos han hecho sufrir estos asesinos, a los cuales no les ha importado nada. En mi querida Euskal Herria personas emprendedoras y que hacían el bien eran torturadas y muertas sin escrúpulo alguno. Yo, por ser de unas ideas para mí claras y positivas, pero por ser españolista y vasco como ellos o más, me han rechazado y humillado. Pero gracias a Dios tuve la suerte de salir con vida y sigo adelante, no como otros compañeros míos que, por desgracia, nos dejaron. Que Dios los tenga a todos ellos junto a Él. Y lo repito nuevamente: soy y seré vasco y español hasta que Dios me lleve de este mundo.

Quiero y deseo que la juventud vasca y española llegue a respetarse. Que dialoguen como personas, sin odios ni rencores, y que mediante la PALABRA, en esta tierra de todos, surja una verdadera PAZ.

José María Silveti nació en Guetaria en 1943. Es hijo de padre pescador y de madre vendedora de pescado. Cuando tenía 17 años empezó su labor dentro de un equipo afín al tradicionalismo. Fue concejal y juntero de UCD en Guipúzcoa, presidente de la Cofradía de Pescadores Elcano de Guetaria y presidente de la Federación de Cofradías de Pescadores de Bajura de Guipúzcoa. Tuvo varias amenazas terroristas, dos de ellas con intento de asesinato. En la actualidad vive con su familia y para la familia. Este texto es un fragmento de sus memorias inéditas: De pescador a político.



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