{"id":8838,"date":"2017-10-29T14:56:30","date_gmt":"2017-10-29T14:56:30","guid":{"rendered":"http:\/\/www.arovite.com\/?p=8838\/"},"modified":"2019-01-29T21:05:01","modified_gmt":"2019-01-29T21:05:01","slug":"distancia-un-dia-menos-en-la-vida-de-dos-guardias-civiles-en-la-euskadi-de-los-anos-80","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.arovite.com\/en\/distancia-un-dia-menos-en-la-vida-de-dos-guardias-civiles-en-la-euskadi-de-los-anos-80\/","title":{"rendered":"Distancia. Un d\u00eda menos en la vida de dos guardias civiles en la Euskadi de los a\u00f1os 80"},"content":{"rendered":"<p style=\"text-align: right;\"><strong> Jos\u00e9 Alfonso Romero P. Segu\u00edn<\/strong><\/p>\n<p><em>Fue un tiempo presidido por la distancia (distante de la dignidad, la justicia, los derechos y libertades), en el que los ciudadanos se distanciaban de nosotros para as\u00ed mantener distancia con los terroristas, y nosotros de ellos para distinguir a los terroristas. Mientras, los terroristas administraban a su antojo las distancias.<\/em><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Los d\u00edas que la muerte te marca se momifican como lo hacen las flores en los herbarios o las mariposas en las vitrinas de los coleccionistas. Lo sabes porque no los recuerdas, sino que los visualizas y percibes r\u00edgidos y distantes, como si en vez de estar en ti pasasen a tu lado, como a tu lado pasa una conversaci\u00f3n, un grupo de personas, un paisaje o la escena de una pel\u00edcula. Dejan de pertenecerte, eso sucede, y pasan a ser propiedad de la angustia; ella es quien dispone el talante y atuendo de su memoria.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Fue en uno de esos d\u00edas. Hab\u00edamos prestado servicio en la delegaci\u00f3n de Hacienda en San Sebasti\u00e1n. Veinticuatro horas en el interior de un edificio sin alma cuando estaba cerrado y desalmado cuando abr\u00eda sus puertas.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Durante esas horas: malas palabras, peores miradas, rabia, recelo, desprecio, hipervigilancia, impotencia, vulnerabilidad, odio y distancia. Cualquiera de los que entraban pod\u00edan dispararte sin posibilidad de defensa, todos los que estaban all\u00ed lo sab\u00edan, pero lo ignoraban. Por eso, si extremabas la seguridad, te insultaban. Los terroristas y sus ac\u00f3litos conoc\u00edan esa debilidad y la ten\u00edan presente, jugaban a matarte. Se situaban a tus espaldas, buscaban romperte, provocarte, dejarte en evidencia. Y nosotros respond\u00edamos distanci\u00e1ndonos, dos de uniforme y otro de paisano, separados, distantes, como los bolos de una tirada diab\u00f3lica. Se trataba de dificultarles la jugada.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Al salir, bolsa en mano y, en ella, el uniforme y la metralleta, y por supuesto distanciados en el l\u00f3gico af\u00e1n de que cupiera defensa en esa distancia. En la cintura, la pistola. La mirada acorde con la prisa. Mirar y caminar sin pensar. Y cuando no pod\u00edas m\u00e1s, dejar de mirar y de caminar, demorarte en un desplante, plantarte, exigi\u00e9ndote el imposible de ser uno m\u00e1s. Hacerte fuerte en la justeza de esa rabia rayana con la locura que te exig\u00eda hacer algo por ti, algo capaz de hacerte visible en medio de esa injusta indiferencia, un gesto capaz de gritar tu humana condici\u00f3n sin necesidad de explicarla. Y si era preciso, por qu\u00e9 no, de inhumanidad, si es que as\u00ed se le puede llamar a sacar la pistola y registrar a ese que te acecha, insultar al que te insulta. Gritarles tan fuerte que tuvieran que abrir los ojos y con esos ojos mirarte. Los terroristas asesinaban, extorsionaban, secuestraban\u2026 y, sin embargo, eran tratados como seres humanos. En el fondo y en la forma, un gesto de ternura hacia ti, eso te exig\u00eda la rabia en ese momento de soledad y miedo. No eran pocos los que lo hac\u00edan y cuando lo hac\u00edan, eran castigados como si hubiese sido su sana voluntad la que los mov\u00eda, cuando era su enferma soledad. A los dem\u00e1s nos tocaba volver a empezar, buscando no perder la gris estela de la distancia. Extraviados entre las gentes, no la hab\u00eda respecto a nuestros posibles asesinos, pero s\u00ed respecto a nuestros compa\u00f1eros, y eso nos daba seguridad. Si manten\u00edamos la distancia oblig\u00e1bamos a los agresores a distanciarse y, en ese t\u00e9rmino, a debilitarse.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Despu\u00e9s de comer sal\u00ed con \u00c1ngel a disfrutar de las pocas horas de descanso de que dispon\u00edamos. Busc\u00e1bamos hacerlo lejos del bostezo del viejo caser\u00f3n del Paseo de Heriz, donde viv\u00edamos hacinados en esa amarga soledad a la que aboca el desamparo. Una mala sombra adornada de m\u00fasica y juventud de la que hu\u00edamos a la menor oportunidad.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Nos recuerdo entrando en el pub Novecento. El local estaba vac\u00edo. Una estela de luz inundaba el amplio espacio que mediaba entre la puerta y la barra. Al fondo, un camarero trasteaba con botellas. Sonaban los limpios acordes de <em>Sultans of Swing<\/em> de Dire Straits. Magn\u00edfica distancia. La recorrimos hombro con hombro embebidos en la alegre inercia de vivir, de sentirnos vivos. Ten\u00edamos 20 a\u00f1os.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">El camarero nos atendi\u00f3 sin cruzar palabra. La tregua se prolongaba natural en el m\u00e1gico hilo de la m\u00fasica y la pujanza de nuestra alegr\u00eda. Cuando finaliz\u00f3 la canci\u00f3n se apresur\u00f3 a pinchar <em>Pedro Navaja<\/em>, de Gato P\u00e9rez, esa que dice: \u201cPero to\u00b4os saben que es polic\u00eda\u201d. Se hab\u00eda roto la tregua y, con ella, el hechizo del momento. Curiosamente, el aire segu\u00eda oliendo a limpio. La luz jugando con el polvo. Nada hab\u00eda cambiado y, sin embargo, ya nada era lo mismo. La distancia se impon\u00eda de nuevo, el camarero nos lo hac\u00eda saber y nosotros, distantes, lo mir\u00e1bamos sin entender el porqu\u00e9. No hab\u00eda nadie m\u00e1s, nadie, por tanto, le pod\u00eda acusar de mostrarse simp\u00e1tico. Quiz\u00e1 cre\u00eda en la causa, quiz\u00e1 solo defend\u00eda su distancia, la equidistancia.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Sobre la ocho de la tarde salimos de la discoteca La Perla, donde hab\u00edamos pasado las \u00faltimas horas. Regres\u00e1bamos al cuartel. Al fondo, en el borde de la \u201cherida\u201d, el linde de la parte vieja con el Boulevard, sonido de sirenas, secos estampidos de pelotas de goma, gritos de \u201cpolic\u00eda asesina\u201d. Rutina. Una partida m\u00e1s del perverso juego de mostrarnos crueles y, como tal, dignos de ser asesinados.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Pudimos tomar un taxi, pero la salobre tibieza de la tarde invitaba a caminar. Lo hicimos por el Paseo de la Concha. En un punto intermedio, dos hombres apoyados en la barandilla miraban aparentemente al mar. Uno de ellos llevaba una <em>txapela<\/em> que ta\u00f1\u00eda de sombra la aguzada mueca de un rostro marcado por esa ruda melancol\u00eda que define la maldad. Al pasar a su altura vi como avisaba con el codo al compa\u00f1ero, a la par que le hac\u00eda un gesto con la cabeza para de inmediato situarse a nuestra espalda. Otra vez la distancia, pero, en este caso, la exacta para que no fu\u00e9semos solo nuca. No s\u00e9 c\u00f3mo se lo hice saber a \u00c1ngel, solo s\u00e9 que aceleramos el paso a la par que busc\u00e1bamos bajo la ropa una pistola que no llev\u00e1bamos (ellos guardaban las manos en los bolsillos de sus chaquetas). Lo repentino de nuestra prisa los hab\u00eda distanciado unos metros m\u00e1s. Otra vez la distancia, esta vez jugando a nuestro favor. A partir de ah\u00ed y durante muchos metros se mantuvo tensa, quebr\u00e1ndose solo all\u00ed donde ten\u00edamos que sortear alg\u00fan paseante. Por lo dem\u00e1s, a un lado, la cada vez m\u00e1s honda playa; al otro, la carretera y el muro del palacio de Miramar. La alternativa m\u00e1s l\u00f3gica era saltar. Y una y otra vez mirar hacia atr\u00e1s y verlos caminar firmes, decididos. Y mirar al fondo y ver las rocas, negras, afiladas\u2026 En esos momentos la cabeza se llena de vac\u00edo, el coraz\u00f3n se cuelga de la boca y la boca se llena dientes que se muerden sofocando el hondo gemido que arrastra el terror. \u00bfQu\u00e9 hacer con \u00e9l? Podr\u00edamos llorar, gritar, atarnos al cuerpo de alguna de las personas que, ajenas a esa batalla, caminaban embebidas en la belleza de aquel mar que iba y ven\u00eda en la orilla y en el pl\u00e1cido vuelo de las gaviotas que orlaban la isla de Santa Clara. Podr\u00edamos hacerlo, pero est\u00e1bamos all\u00ed para defenderlos. Adem\u00e1s, sab\u00edamos que no valdr\u00eda de nada, que no hab\u00eda piedad, lo testimoniaban los asesinados, tan muertos como grande era la maldad de sus verdugos. Solo ten\u00edamos los pies y la a\u00f1agaza de seguir con la mano atada a la cintura para que pensaran que \u00edbamos armados. Eso y la distancia, mantenerla era vital. A pocos metros del t\u00fanel de Ondarreta echamos a correr. Ellos tambi\u00e9n. \u00c1ngel lo hizo por el interior y yo por la parte exterior, me hab\u00eda obsesionado con la playa. Al final del t\u00fanel nos volvimos a encontrar. Jadeando cruzamos la calle hacia Avenida de Zumalac\u00e1rregui. Al llegar a la esquina volvimos la vista y ya no estaban. Detr\u00e1s y en la distancia quedaba la negra boca del t\u00fanel, derramada como una inocencia entre el cielo y el mar.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">En la Comandancia nos ense\u00f1aron fotos de miembros de ETA y ambos reconocimos al de la <em>txapela<\/em>. Era Zabarte. \u201cTuvisteis suerte\u201d, nos dijo el compa\u00f1ero de informaci\u00f3n. \u201cHay que llevar la pistola\u201d, nos reproch\u00f3. La distancia, pens\u00e9.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">No hubo tal suerte, no salimos ilesos de aquellos minutos de terror, fue mentira, salimos con un roto que sumado a otros muchos nos fueron agrietando hasta quebrar nuestra integridad ps\u00edquica.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">En este relato busco dar testimonio del discurrir cotidiano de miles de hombres que vivieron acosados por ETA y su entorno bajo la desentendida mirada del resto de los ciudadanos e instituciones y que viven, y han vivido, marcados por esa profunda secuela y distanciados de su leg\u00edtima condici\u00f3n de v\u00edctimas.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"color: #999999;\"><em>Jos\u00e9 Alfonso Romero P. Segu\u00edn, escritor y poeta, es autor del libro <\/em>La hija del txakurra<em>. Estuvo destinado como guardia civil en la Comandancia de Guip\u00fazcoa desde marzo de 1979 a finales de 1983.<\/em><\/span><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Jos\u00e9 Alfonso Romero P. 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