Mi pequeño homenaje a Ramón Recalde

Mi pequeño homenaje a Ramón Recalde

Luis Castells

Frente a aquellos que creen que la vida está marcada por decisiones tomadas libremente, sin condicionantes externos, uno piensa que, por el contrario, el azar, las circunstancias, han sido determinantes en nuestro discurrir. En mi caso, perteneciente a una familia “bien” de Donosti, conservadora, con un padre que había luchado con los facciosos, la entrada de Ramón Recalde en la familia como marido de mi hermana Mª Teresa supuso un vuelco en todos nosotros. No, obviamente, por el casamiento, sino por su detención en 1962 debido a su pertenencia a una organización de izquierdas (ESBA), por las torturas a cargo de Melitón Manzanas, y por el posterior consejo de Guerra con una petición del fiscal de diez años. Aquello fue un aldabonazo para toda la familia, fue encontrarse con un panorama ignorado, lo que originó una reacción colectiva, empezando por mi padre. Su decidido apoyo a su yerno supuso la ruptura de relaciones con lo que era su medio social, y la hostilidad de alguna de las sociedades señeras de la ciudad. Su activismo antifranquista, además, le llevó a ser juzgado por el TOP, caso único de un notario bajo el franquismo, y posteriormente a promover iniciativas democráticas durante el tardofranquismo.

Pero retomemos mi historia y las influencias del azar. Era el año 1962 y mi cuñado Recalde estaba cumpliendo condena en Carabanchel. Aquel régimen implacablemente dictatorial tenía pequeños guiños paternalistas que no hacían sino evidenciar la dureza del sistema. Uno de ellos era permitir que los hijos de los reclusos menores de diez años pudieran pasar los días de navidad y reyes con su padre. Pues bien, dado que el régimen no se caracterizaba por su eficacia, me pudieron colar con mis once años como hijo de Ramón, con Andrés, su hijo mayor, que este sí con sus dos añitos cumplía todos los requisitos. Aquellos dos días fueron para mí una experiencia indeleble, viviendo con los reclusos, que nos despidieron el segundo de los días cantándonos el “Adiós con el corazón”, mientras pasábamos por debajo de sus brazos entrelazados. A pesar de mi niñez, era difícil después de aquello no sustraerse a un profundo anhelo de libertad para aquella gente que me pareció formidable y me marcó una pauta que en los años siguientes se plasmó en una intensa actividad antifranquista, aunque otra cosa es que estuviera repleta de resabios sectarios y comportamientos políticamente infantiles. Ahora bien, el magisterio de Ramón continuó, aunque nos pudiéramos diferenciar políticamente, y una de las facetas que más le tengo que agradecer fue la influencia que ejerció en el rechazo a la violencia de ETA. Bien es verdad que, como el propio Ramón decía, las motivaciones eran más utilitarias, de “juicios de oportunidad”, que éticas, hecho sin duda reprobable, pero que a algunos nos sirvió en aquellos años para situarnos lejos de ETA o frente a ella, lo que supuso ser ya objeto de agresiones por este mundo.

Este es el primer corte de mi vida. El segundo fue sin solución de continuidad. El franquismo y sus residuos fueron desapareciendo con la transición, pero emergió en la sociedad vasca otro modelo de dictadura, de imposición totalitaria, el que representaba ETA. La militancia continuaba, solo que en lugar de correr unos pocos, muy pocos, delante de los grises, pasamos a estar otros pocos –en muchos casos los mismos que antes– protestando por los asesinatos de ETA ante los insultos y agresiones de los jóvenes radicales. Primero con las convocatorias del PCE, después con otros movimientos, fueron muchas manifestaciones, concentraciones, con una sensación de soledad, de pesadumbre por la falta de apoyo social, de “ventanas cerradas”, que solo la convicción de la profunda injustica de ETA, como antes el franquismo, hacía que nos mantuviéramos constantes en su denuncia.

Las cosas fueron cambiando, la respuesta social a ETA se fue incrementando, y ésta reaccionó como solía, con su habitual brutalidad, amplificando el foco de sus dianas. En este marco se produjo el atentado que en septiembre de 2000 sufrió mi cuñado y del que salió milagrosamente vivo gracias a la impericia de su asesino. Los días siguientes al atentado fueron de una extraordinaria tensión en el hospital, con la incertidumbre por la suerte de Ramón, que se debatía entre la vida y la muerte, la información que nos iban dando los médicos, las operaciones… De aquellos días del hospital tengo grabadas especialmente dos situaciones. Una, la decisión de cerrar Lagun: la librería no podía seguir en la Plaza de la Constitución pues la vida de los que allí trabajaban corría serio peligro. Recuerdo aquella angustiosa reunión en la que tomamos esta decisión y el comentario que le hicimos a Ignacio Latierro, renuente al cierre, de la foto de él con otros dos exdirigentes del PC, José Luis López de la Calle y Juan Mari Jaúregui, ambos asesinados por ETA ese mismo año. Era un ambiente terrible. El otro hecho sucedió cuando los hijos de Ramón vinieron tristes y enojados tras la obligada visita de Ibarretxe al hospital. En el transcurso de la entrevista tuvo la ocurrencia de decirles que en Euskadi “se vivía bien”, mostrando no solo una falta clamorosa de empatía, sino un problema político de calado.

Personalmente este episodio tuvo una segunda secuencia en el juicio de los etarras que atentaron contra Ramón, que se celebró doce años después. A sugerencia suya estuve presente en la sala como expresión de apoyo, y fue una de las experiencias más duras que he vivido. De hecho, me retrotrajo al 62 en Carabanchel. En aquella sala estaban los cuatro etarras responsables del atentado, con “Chapote”, que fue quien dio la orden, con su porte altanero, un punto chulesco, sin mostrar signo alguno de afección por lo que allí estaba ocurriendo, imperturbable en la relación de los hechos. El relato detallado de la preparación del atentado, su descripción pormenorizada, la frialdad de la preparación, el palpar la deshumanización con la que actuaba ETA, me resultaron desoladoras y me dejó una profunda amargura, acentuada porque la sinrazón de lo que allí se contaba contrastaba con el apoyo social que tenía la banda o sus herederos civiles en Euskadi. También me llamó la atención la exposición de los dos forenses, impecables en su minuciosa explicación del trato recibido por el acusado que delató a los otros encausados, que hacía imposible la denuncia de torturas que había alegado.

Hasta que nos dejó, mi trato con Ramón fue intenso, con nuestras coincidencias –muchas– y discrepancias –algunas–, haciendo gala de un encomiable lúcido optimismo quizá consecuencia de lo que había pasado. Así, antes de que ETA dejara las armas en 2011, constató su derrota, y poderlo vivir y ser uno de sus causantes, fue una de sus alegrías. Nos queda ahora a otros culminar esa derrota con un relato veraz.

Luis Castells es catedrático de historia contemporánea de la Universidad del País Vasco desde 1993. Fundador del Instituto de Historia Social Valentín de Foronda, ha publicado numerosas libros y artículos sobre el impacto social y político de la modernización, los procesos de nacionalización en la España contemporánea o las memorias del terrorismo.



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