Pantallazo (semi)banal de nuestros años huligánicos

Pantallazo (semi)banal de nuestros años huligánicos

Jesús Casquete

Un incidente en Pamplona marcó una muesca (una más) en mi inventario de vivencias al hilo de la violencia política. Tuvo que ocurrir a la altura de la primavera o verano de 1995, lamento no atinar con mayor precisión, aunque tampoco tiene demasiada importancia porque bien podría haber sucedido en cualquier momento, digamos que entre 1980 y 2011; o sea, desde que la edad me hizo posible enhebrar los recuerdos hasta la antesala del final de la pesadilla terrorista.

Habíamos coincidido al inicio del curso académico 1993-1994 en la New School for Social Research, en Nueva York. Erwin acudió como alumno de intercambio en virtud de un convenio firmado con la Freie Universtität de Berlín, por un año, adscrito al departamento de sociología. A mí una beca predoctoral, gentileza del Ministerio de Educación español, me permitió completar un programa de máster en ciencia política, casi dos años de vida en el corazón de la gran manzana, a los que añadir la redacción del trabajo de fin de master ya en mi escritorio de Bilbao.

Estudiamos al mismo tiempo en la misma universidad, pero nunca coincidimos en las aulas. Donde trabamos una profunda amistad fue en las plantas 4ª y 5ª de la biblioteca de Washington Square. Fueron muchas horas de estudio codo con codo, de comidas en el Village, de sentadas en la plaza donde arranca la 5ª Avenida, de entretejer complicidades, vaya. “Tienes que venir a Berlín”, él; “pásate por Bilbao”, yo. Me tomó la delantera. Un buen día sacó el dedo a una de esas autopistas que construyeron los nazis y, saltando de camión en camión, se plantó en Bilbao.

Erwin sabía del País Vasco lo mismo que cualquier ciudadano alemán de aquellos años intelectualmente inquieto; poco y distorsionado. Se reunía una vez a la semana con un grupo de estudiantes de sociología en un bar de nombre “Ex” en el distrito de Kreuzberg, de cuyas paredes (en concreto de las que conducían al retrete) colgaban carteles de Herri Batasuna y de otras organizaciones satélites del entramado organizativo ultranacionalista. Lo “vasco”, pongámoslo así, era un ingrediente más incrustado de forma inercial en la panoplia de causas de los sectores alemanes a la izquierda de la socialdemocracia, bien que con distancia creciente porque la retórica de la liberación nacional envuelta en coche-bomba y tiro en la nuca cada vez era más indigesta y difícil de justificar. La visión desde la distancia del fenómeno de la violencia con coartada política en el País Vasco tenía atolondrada a una parte de esa izquierda alemana que hacía banderas del medio ambiente, del feminismo, de la solidaridad internacional y del pacifismo. Por un lado, el nacionalismo radical vasco despertaba entre ellos una suerte de admiración por un “pueblo” que luchaba por recuperar una identidad ancestralmente oprimida por España, porque fíjate lo que machacó Franco a los vascos, aunque el terrorismo ya era algo que les ponía en guardia, precisamente por la impronta pacifista del milieu alternativo alemán, y porque su país también no hacía tantos años que acababa de dejar atrás los peores momentos de su manifestación terrorista autóctona, la Fracción del Ejército Rojo (RAF). Pero, por otro lado, el hecho de que el nacionalismo independentista vasco revistiese su discurso de una pátina revolucionaria que señalaba la meta de la “liberación nacional” les desconcertaba: ¿acaso no es un oxímoron hablar de un nacionalismo socialista? Cuando hablamos de alemanes –para una amplia mayoría de ellos y no solo de izquierdas– el nacionalismo es la ideología que condujo a su país al episodio más ignominioso de la Historia, el Holocausto, la misma ideología que en nuestros días alienta discursos y prácticas xenófobas contra inmigrantes y refugiados y plantea el repliegue de la idea de Europa en aras de una supuesta salvaguarda y/o recuperación de las “esencias nacionales”.

En la agenda del viaje de Erwin al País Vasco figuraba disipar algunas de esas dudas; o sea, si la causa de la solidaridad con el jingoísmo vasco todavía tenía algún sentido en el “paquete” de la izquierda alemana. Repartimos nuestras visitas entre Bilbao, San Sebastián y Pamplona, ciudad en la que yo había vivido justo antes de trasladarme a Nueva York.

Precisamente en la capital navarra un sábado por la noche asistimos en primera línea a unos sucesos que eran el pan nuestro de cada día en las calles del País Vasco y de Navarra, igual que resultaban extemporáneos en cualquier sociedad democrática de nuestro entorno. Y es que en los aledaños de la calle Jarauta, escenario habitual de la violencia ritual de fin de semana en la parte vieja pamplonesa, nos vimos atrapados en un episodio de kale borroka. Durante el tiempo que duró el frenesí violento conseguimos recluirnos en un bar, persiana semibajada, tensión ambiental masticable, bien que sobrellevada por todos los presentes con la naturalidad de quien está acostumbrado a pasar por esa tesitura, conoce los pormenores del guión y ha jugado a figurante involuntario veces incontables, aunque uno nunca pudiese estar seguro de tener bajo control las claves para salir indemne del lance. Transcurrió un rato (¿media hora, tal vez?) acogotados en el interior del bar con la música de las pelotas de goma y de algaradas como melodía de fondo, hasta que pudimos retomar nuestra noche o, siendo más precisos, ponerle punto final. No fueron disturbios especialmente reseñables, ni tampoco tuvieron (salvadas sean mis lagunas recordatorias) ninguna consecuencia más allá de alguna que otra detención; me consta porque la hermana de uno de los detenidos compartía cobijo con nosotros. Todo fue normal, demasiado normal, esa naturalidad que a veces enmarca la patología. Normal para mí, claro; Erwin flipó.

En realidad no se trató de una vivencia singular que marcase un punto de inflexión en mi biografía. Más bien fue un episodio banal cotidiano, nada que no hubiese experimentado de forma en infinidad de ocasiones cualquier persona del País Vasco-navarro que viviese en aquellas décadas huligánicas en los que la violencia se enseñoreó de nuestra sociedad, acogotó nuestras vidas y puso a prueba el calibre moral de nuestro tejido social. Lo especial del caso fue que la compartí con alguien que la vivió como algo extraordinario, y que me correspondió intentar explicarle el espectáculo que acabábamos de presenciar.

Ignoro si mis explicaciones entonces le resultaron a Erwin lo suficientemente esclarecedoras; siempre podré argüir en mi descargo la coartada del idioma. Porque, ¿cómo explicar algo que yo tampoco alcanzaba a comprender? Lo que sí sé es que desde entonces el huliganismo político ha figurado en el frontispicio de mis inquietudes intelectuales, y humanas, hasta hoy.

P.S.: El “Ex” no tardó en cambiar de arrendatarios, de nombre… y de decoración.

Jesús Casquete es doctor en Sociología y profesor titular de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Sociales y Políticos en la Universidad del País Vasco/Euskal Herriko Unibertsitatea. También es fellow del Centro de Investigación sobre Antisemitismo en Berlín. Su último libro es Nazis a pie de calle: una historia de las SA en la República de Weimar (Alianza, 2017). También es autor de En el nombre de Euskal Herria. La religión política del nacionalismo vasco radical (Tecnos, 2009).



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