Reos y rehenes. La amenaza terrorista: efectos vitales y actitudes sociales

Manuel Montero

Fue hacia 2003, cuando muchas personas tenían que llevar escolta en el País Vasco. No recuerdo el tipo de reunión, si feria de monstruos o congreso político. A algún genio se le ocurrió exponer un artefacto en el que te metías y te sentías escoltado. Eso decía la noticia.

No consigo imaginar cómo sería el invento, sin duda un artefacto para bobos, pues resulta imposible reproducir el aislamiento que la escolta produce o la erosión por el paso del tiempo. Lo importante: el amenazado, toda su angustia vital, se convertía en espectáculo, buscando alguna rentabilidad política. También esto describe aquella época, en la que los escoltados –yo lo era– podían sentirse también como rehenes, sin saber bien de quién. En cierto sentido, la máquina siéntete/con/escolta fue el grado cero, la frivolización que humilla.

Entiéndase: no se sostiene aquí que el escoltado fuese un títere entre dos partes, ambas responsables. Todo vino del acoso terrorista, no hay más culpas. Sin embargo, una cabal comprensión de aquellos estragos vitales requiere señalar que no siempre se estuvo a la altura.

Primera estación. Los relatos de aquellas situaciones suelen darle un tono épico, de resistencia minoritaria pero creciente. Tuvo algo de eso y es preferible tal recuerdo al silencio. ¿Llegaremos a la perversión que englobe la amenaza terrorista dentro de la concurrencia de “todas las violencias”? Que el escoltado pida perdón a quien le amenazaba, por no entender que eran dos caras de la misma violencia. Luego llegará la reconciliación, aquí paz y después gloria. Ni vencedores ni vencidos. Las inversiones conceptuales típicas de la sociedad vasca exaltarán a posteriori al que miraba para otro lado.

– ¿Amenazado? Algo habrá hecho.

Segunda estación. El escoltado hacía de reo, en el sentido de su primera acepción: “persona que por haber cometido una culpa merece castigo”. El Diccionario no habla de cometer delitos o faltas, sino culpas, como si fuese posible. Será error, pero resulta muy adecuado a nuestro caso, la culpa como pecado, sin que conlleve acción. “Algo habrá hecho”: también se le aplicó el tic que sirvió para entender crímenes.

– “Jódete cabrón”, te murmuraban al pasar. Cualquiera que haya pasado por el trance lo oyó más de una vez.

Tercera estación. Entre muchos de los que no se alegraban subyacía también la idea de que la situación, perversa, tenía alguna lógica. Lo explicaré luego. Sorprende aún más que los mismos amenazados tendían a culpabilizarse. Todos localizaban la razón por la que les había caído el sambenito. Me tocó hablar con muchos, doy fe: nadie lo atribuyó a la irracionalidad arbitraria del terror. Podía la necesidad que tiene el reo de encontrar alguna lógica a su castigo. Más incomprensible era la pregunta en boca de los periodistas,

¿Por qué ETA te amenaza?

Se la hacían al amenazado, no a quien debían, al amenazante. Daban por supuesto una relación causa-efecto conocida por la víctima. Hacían que la carga de la culpa fuese compartida. El escoltado sabe qué ha hecho, luego algo ha hecho. La lógica perversa del terror habitó entre nosotros.

Desde el punto de vista del escoltado, las implicaciones reales de lo que sucedió fueron algo distintas a las que la épica suele suponer. No sé si hace más meritoria la resistencia al terrorismo o le quita valor. Este alejamiento, o desasosiego, se debe a mi incapacidad personal de idealizar una situación que en el día a día tuvo mucho de cutre. Y eso que me llevó diez años en la primera tacada y lo que te rondaré, pues uno aún no ha podido superar algunas consecuencias.

Lo voy contando en frases oídas a lo largo de una década. Describen algunos aspectos cruciales que suelen olvidarse. Cambiaré algo las situaciones para que no quepa identificar a los interlocutores a los que tengo aprecio, sin más culpa en esta historia que decir lo que pensaba mucha gente.

Cuarta estación. Por aquellos meses, del año 2000 o 2001, ETA asesinaba, el Gobierno Vasco rompía y no rompía con sus apoyos políticos; las bases de Jarrai estaban en su oficio: kaleborrokadas aparte, hacían pintadas, que no eran reivindicativas sino amenazantes, dianas y demás; sus mayores seguían en Lizarra, denostando a “los enemigos de Euskal Herria”.

En las imposturas actuales tiende a olvidarse la fisonomía participativa que tuvo el acoso a la democracia. ¿Nadie pide ya responsabilidades a quienes amenazaban, a los colaboradores, como si hubiesen sido una especie de juglares juguetones? Un ejemplo. Mi dirección terminaba, supongamos, “5º derecha”, y así constaba en todos los sitios salvo en el censo electoral; el error era nimio e intranscendente, de los que no te molestas en cambiar, decía “5º A”. Trivial.

Dirección, 5º A. En mi “ficha” del comando yo vivía en el 5º A, precisamente: el juglar juguetón habría sido apoderado electoral; o el mester de juglaría recibía el disco con las direcciones completas, para ahorrar el trabajo. ¿Nadie tiene responsabilidades? ¿Hemos de olvidar? ¿Por la paz un avemaría?

Quinta estación. No vivíamos los mejores tiempos, aunque antes los hubo peores. En una jornada de aquella época, otra más, hubo una oleada salvaje de pintadas en la universidad, la mayor parte con mi nombre en la diana o con el (des)calificativo “español”, pues ya no se llevaba “carcelero”, que me rima mejor. Pues bien: aquella tarde coincidí con una compañera, opuesta al terror. Vino a expresarme su pesar, cómo lamentaba el acoso, podía contar con ella. Le expresé mi preocupación porque el acoso se generalizase. Que también a gente como ella llegaran a hacerle pintadas.

¿A mí? ¿A mí por qué?

Se quedó perpleja por tal eventualidad, por qué la iban a amenazar. No cayó en la cuenta de la admisión implícita según la cual había razones para que a su interlocutor le hubiese tocado. ¿Nadaba y guardaba la ropa, una actitud tan frecuente, que no sale en las crónicas? Es lo de menos. El esquema “algo/habrá/hecho” erosionó todos los ámbitos. Otra consecuencia: si éste había hecho algo, se trataba de no hacerlo.

Sexta estación. Aquellos años llevan la impronta de resistencia tenaz a ETA, pero desmadejar aquel mundo resulta difícil. Los escoltas se convirtieron en parte del paisaje y, visto con distancia, asombra la facilidad con la que se admitió la anomalía, que por otra parte no era del todo novedad. Algunos años antes se había dado por bueno que algún profesor (servidor por ejemplo) fuese a clase con dos o tres sujetos siguiéndole con una pancarta reivindicativa, no precisamente laudatoria. Llegó la protección en vez del insulto. Fue un paisaje triste, por no decir siniestro, en las antípodas del aire heroico que se le suele atribuir. Además, se crearon diferenciaciones entre amenazados de primera y de segunda. Fueron éstos los que discreparon del partido gobernante. No estar de acuerdo, por ejemplo, con su condena de la universidad pública como colaboradora con el terrorismo, valía el estigma.

Los nacionalistas están contentos contigo, ironizó. Ahora tienes menos que temer de los terroristas, y eso no era sarcasmo sino insidia.

La expresión concreta, más lacerante, queda a la imaginación del lector. Aunque suene a ficción, saltaba la calumnia de deshonestidad. Si discrepabas era a) por miedo; b) para protegerte; c) por ambas cosas. Nadie podía tener una opinión distinta. Pensamiento único se le llamó, y un amplio espectro cerró filas con tales posiciones. Arreciaron los “tiene síndrome de Estocolmo”, “se ha vendido al nacionalismo”, “cobardía moral”. Aprendes que los términos cobardía y traición son categóricos. Una vez dichos, nadie tiene dudas. También eso formó parte del paisaje, les afectase a muchos o a pocos.

Séptima estación. Los años fueron pasando. Las fuerzas policiales arrinconaban al terrorismo. El Gobierno Vasco siguió a lo suyo, erre que erre, cansino. Los amenazados salieron de la primera página de los periódicos. Las niñas fueron creciendo. Todo cambió, menos la necesidad de llevar escolta, la insidia no causó estado. Desde fuera tiende a pensarse que la carga se convierte en una rutina, pero no es así. La llevas en todo momento, te pesa cada uno.

– “¿Qué hará Usted mañana?”: la pregunta del escolta no resultaba tediosa sino angustiosa. Sobre todo, los viernes por la tarde. Me consta que para muchos de los que compartieron la experiencia era lo peor, esa pregunta en viernes. Y así una semana y otra, seis meses más, un año y otro… El tiempo se hace infinito.

Octava estación. Cuando llevas más de dos trienios de escoltado, no sabes lo que te queda y si tendrá fin, las primeras angustias por la pérdida de libertad se te hacen niñerías. La división en amenazados de primera y de segunda, que perdía intensidad pública pero fosilizaba –sigue teniendo consecuencias: dos consultas llevo al partido gobernante, el mismo de entonces, y la callada por respuesta– te parecen chiquilladas. Visto desde esa posición, el mundo se descuartiza en migajas. Estás con quien estás en cada instante pero la realidad parece no tener continuidad, viene salteada. Te acostumbras a salir poco.

¿Pero todavía andas así?

La pregunta no falla, si llevas tiempo sin ver al colega. No le entra en la cabeza que en el tiempo intermedio (seis meses, un año, dos) ha sido siempre igual, momento a momento. Al de un rato el amigo está angustiado.

Cuando te encuentras con alguien sabes leer su inquietud, la mirada rápida para localizar los escoltas y la necesidad de acabar pronto la conversación. No seas malicioso: no se debe necesariamente a que no quiera que le vean contigo, sino a que ya sería mala suerte, justo en este momento… el afán de seguridad es un sentimiento humano, debes comprenderlo.

Novena estación. La conversación con el colega iba por otros derroteros, pero acabó en su sensación de que ya el terrorismo está liquidado. Que ya no le da importancia, éstos afortunadamente están en las últimas. Acabados. Por fin podemos vivir en paz, ya no es como antes. Le agobia mucho la situación de los escoltados, el otro día sin ir más lejos se encontró con uno y le dio pena. No entiende por qué no se va, total. Verle siempre acompañado nos provoca angustia.

Tenemos derecho a ser felices.

Para él la representación de la violencia no eran ETA ni sus secuaces sino los escoltados, en concreto tú. Se había consumado la transferencia de valores. Por decirlo en políticamente correcto, te habías convertido en una manifestación del “conflicto”, y si algo no se manifiesta no existe. Ojos que no ven corazón que no siente. El planteamiento no era egoísta, debes creerlo. Si te vas, seremos más felices si cabe, pues tenemos derecho; también tú, pues ya no irás escoltado, pese a que algo habrás hecho.

Décima estación. Puse mi granito de arena a la felicidad de los vascos. Me fui. Al principio se hace raro vivir sin escoltas. Luego sabes que lo disfrutarás cada día, una vez aprendido que la libertad, filósofos al margen, es sobre todo la libertad de comprar el periódico sin pedir permiso, o de hacer lo que quieras. Supondrá el observador que con el alejamiento el amenazado deja de sentirse tal. No sólo el observador, también el afectado cree que todo ha quedado atrás. Que lo pasado, pasado.

No resulta conveniente la presencia de este hombre aquí.

La versión es perifrástica, pues la que me llegó es más dolorosa y no se trata de escribir un sicodrama, que bastante cargado va esto. El responsable del centro donde sustituía a un colega pasa por persona cabal y de convicciones progresistas. Elevó una protesta a la dirección por tenerme allí. Acababa de enterarse de mis circunstancias –no se la habían comunicado antes, entonces entendí por qué–. ¿El problema? Es una persona amenazada y, por tanto, está poniendo en riesgo a todos.

O sea, yo.

Entonces supe que se había acabado el viaje y terminado en derrota.

Así que uno es escéptico sobre la consistencia de la experiencia vital que le ha tocado en suerte. Mi duda, si mereció la pena. No en lo me afecta: hice lo que tenía que hacer y tomé las decisiones correctas, eso creo. Lo que me cuestiono es si, al margen de lo personal, todo aquello sirvió para algo. No sé.

Afortunadamente aquello no volverá a pasar. Por si sucediese de nuevo, aquí van algunos consejos para el que le toque. Primero, bajo ningún concepto actúe sin la cobertura de un partido político. Segundo, si debe marcharse mienta y diga que es un exterrorista, no una víctima del terrorismo. Tercero, no olvide que los intelectuales viajan en tribu.

Y sobre todo: no crea que su peripecia tendrá sentido para nadie. Tiene que acostumbrarse a que tampoco para él.

Te han dicho: algo habrás hecho, jódete cabrón, ¿por qué ETA te amenaza?, vives en el 5º A, ¿a mí, por qué?, actúas por cobardía, qué haces mañana, ¿pero todavía así?, tenemos derecho a ser felices, nos pones en peligro.

Debes olvidarlo, pero quienes te lo dijeron no te perdonarán nunca habértelo dicho.

No habrás hecho nada y vivirás siempre con la culpa.

Manuel Montero es catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad del País Vasco y fue rector de la misma entre 2000 y 2004. Las amenazas terroristas le obligaron a exiliarse. Actualmente da clases en la Universidad de Granada. Es autor de numerosos libros y artículos sobre la historia del País Vasco contemporáneo.



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