No es que me guste jugar al recuerdo

No es que me guste jugar al recuerdo

Teresa Jiménez-Becerril

No es que me guste jugar al recuerdo, sobre todo, cuando este consiste en volver a vivir el sonido del teléfono que te despierta en plena madrugada para darte esa noticia que nadie quiere recibir jamás. “ETA ha asesinado a Alberto y a Ascen”. Mi reacción fue de absoluta incredulidad. Contrariamente a otras víctimas que temían por sus vidas, mi hermano Alberto Jiménez-Becerril no había recibido amenazas y aunque como concejal del ayuntamiento de Sevilla, seguía las instrucciones de seguridad básicas, no vivía con la percepción de que podían matarlo, por ello no podía, ni quería dar crédito a quien me llamaba en plena noche para comunicarme la noticia que cambiaría no solo mi vida sino la de toda mi familia. Después de aquella llamada, la vida de todos nosotros se dividiría en dos, antes o después de que ETA matara a Alberto y a Ascen. Yo vivía en Italia y me volví a Sevilla en plena noche y todo lo que viví en los siguientes meses fue tan trágico que prefiero que quien me lea imagine qué se siente cuando asesinan a tiros a tu hermano del alma, con 37 años y a su mujer, a pocos metros de su casa, donde dormían tres niños de cuatro, siete y ocho años, que al despertar no volverían a ver a sus padres nunca más. Ante esa durísima realidad, tuvimos que actuar de forma rápida y priorizando el bienestar de los niños, a los cuales crió mi madre, que no tuvo tiempo de llorar a su hijo, porque Ascen, Alberto y Clara, que así se llaman mis sobrinos, no iban a vivir en el dolor, y a Dios gracias son hoy día unos jóvenes que han salido adelante, gracias al cariño de todos los que hemos intentado llenar, aunque fuese imposible, ese hueco enorme que es crecer sin el amor de unos padres.

No se hablaba en mi casa de ETA, el hecho de vivir en Sevilla hacía más fácil el no tener que convivir con quienes seguían apoyando a los terroristas, ni en ese ambiente infame que confunde víctimas y verdugos. A medida que los niños crecían, yo sentí el deber de honrar la memoria de Alberto y de Ascen, sus padres, y empecé tras años de silencio y de luto, mi batalla civil contra el terrorismo y en defensa de los derechos de las víctimas. Creo que la voz de las víctimas es la mejor arma contra el terrorismo. Ni bombas, ni pistolas, mi palabra para desarmar las mentiras de ETA. Y fue por ello por lo que acepté representar a España en el Parlamento Europeo, desde donde me dedico, no solo a desmontar la propaganda de ETA y sus cómplices, sino a defender la memoria y los derechos de las víctimas del terrorismo en Europa, ya que desgraciadamente cuando llegué comprobé la falta de instrumentos legislativos y de apoyo a las víctimas a nivel europeo. El camino es lento y ha sido solo en los últimos años, cuando el terror ha golpeado a la mayoría de los países europeos, que se han activado las alarmas y ahora existe una mayor comprensión de la soledad que hemos sentido los españoles durante estos años de terrorismo, que han destrozado tantas familias, que hemos resistido, gracias a que llevamos por bandera esas grandes palabras: MEMORIA, DIGNIDAD Y JUSTICIA. Espero poder seguir avanzando para que esas palabras no queden vacías, sino que se llenen de contenido, no solo en mi país, sino en toda Europa, porque a las víctimas del terrorismo nos une un hilo conductor, vengamos de donde vengamos.

Me gustaría terminar, recordando a mi tía Marisol, hermana de mi madre, que tenía pocos años más que mi hermano Alberto y que vivió de pequeña como una hermana nuestra. Pues ella, la trágica noche del 30 de enero de 1998, al escuchar la noticia del asesinato de Alberto y de Ascen, se puso en camino desde Alicante, donde trabajaba, para venir a velarlos, como hicieron miles de sevillanos y de españoles de todos los rincones de España. Desgraciadamente, a la mañana siguiente se volvió muy temprano en coche y sufrió un accidente mortal a causa de un control establecido para detener a los terroristas. No pudimos decirle nada a mi madre, que acaba de perder a su hijo. Cuando uno imagina que tantas cosas malas no pueden pasar, nuestra tragedia triple lo desmiente. Y todo porque una organización terrorista decidió que un joven político del PP iba a ser parte de esa “socialización del sufrimiento” y si hay que matar a su mujer pues mejor, más dolor. Esa es ETA. Esas bestias que disparan contra inocentes, son los que cuando salen de la cárcel son recibidos como héroes, con bailes y brindis en su honor.

Una sociedad capaz de convivir con tanta indignidad tiene mucho camino que recorrer para sanar y la mejor manera de hacerlo es reconocer el dolor causado, sin atajos que reparten culpas inexistentes. Aún recuerdo hace un año cuando Otegui vino al Parlamento Europeo y decían que venía a hablar de paz. Y yo contesté que mi hermano y su mujer no iban a ninguna guerra cuando ETA los asesinó, que España es una democracia desde hace muchos años y que no hay ninguna paz que sellar. Que solo ha habido inocentes que morían y culpables que asesinaban sin piedad.

Ese es el terrorismo y no hay raza, ni religión, ni trozo de tierra que valga la vida de mi hermano y su mujer y mientras tenga voz y fuerza para hablar y escribir, seguiré dando mi testimonio, como la mejor manera manera que tengo de luchar contra el terrorismo. Me gustaría terminar diciendo que el terrorismo me hizo mucho daño, pero no me venció, ni a nuestra familia que sigue en pie, amando la vida, esa que los terroristas odian.

Teresa Jiménez-Becerril es europarlamentaria por el Partido Popular. El 30 de enero de 1998 la banda terrorista ETA asesinó a su hermano Alberto Jiménez-Becerril, concejal del PP del ayuntamiento de Sevilla, y a su cuñada Ascensión García Ortiz.



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