Estatuari gerra! La otra autonomía vasca

Antonio Rivera

La pasión por la destrucción es también la pasión creativa”, Mijail Bakunin

La trayectoria de medio siglo de violencia política en el País Vasco ha proporcionado una fotografía de confrontación de proyectos y legitimidades entre sus dos antagonistas principales: la mayoría de fuerzas políticas y sociales empeñadas en la institucionalización de una democracia al uso y la minoría articulada en torno a ETA, partidaria de un modelo revolucionario alternativo y con el objetivo puesto en un Estado vasco, independiente de España y de genérico carácter socialista. Son esos dos contendientes los que llegan a la foto finish de 2011, cuando la banda desiste de su trayectoria terrorista y su mundo trata de acomodarse a lo existente. Pero en el camino hubo otros personajes secundarios que no se pueden desdeñar.

Uno de ellos fue el etéreo mundo que componían la autonomía y el anarquismo. De ellos ha quedado su referencia más impactante, la que protagonizaron los Comandos Autónomos Anticapitalistas (CAA). En sus escasos diez años de vida acumularon treinta y dos víctimas mortales, la mitad que las Brigadas Rojas italianas, pero más que los GAL o que la suma de los otros grupos terroristas de extrema derecha (BVE, Triple A, GAE y otros). A su vez, once de sus integrantes resultaron muertos o asesinados y uno desaparecido. Secuestraron al menos a cuatro empresarios y de sus rescates obtuvieron 1,2 millones de euros, una cifra a la que habría que sumar más importes por atracos y otras extorsiones. Su recuerdo ha quedado eclipsado por la mayor dimensión y continuidad de ETA, pero tuvieron su importancia (y no fueron, como decía la prensa, “los comandos autónomos de ETA”). Del mismo modo, su activismo violento no debe desfigurar lo destacado del movimiento social en que se apoyaban y que les sirvió de entorno. Eran solo la punta del iceberg más llamativo y dramático.

La formación de esa cultura política autonomista en el País Vasco del segundo lustro de los setenta y el primero de los ochenta del siglo XX es un tanto incierta. No porque no se haya escrito sobre ello tanto como porque esencialmente tampoco reclamaron como movimiento demasiadas precisiones: fueron más de acción que de pensamiento. Resultaba de un cúmulo de procedencias –LAIA (ez) y elementos del Frente Obrero de ETA, Comités de trabajadores y Comisiones Obreras Anticapitalistas, OCA-EKA (Organización de Clase Anticapitalista) o gente con experiencia en asambleas locales vecinales o antirrepresivas– que, en el caso de la organización armada, añadían algunos miembros salidos de la rama político-militar de ETA, los llamados berezi (que aportaron a los CAA tanta experiencia como problemas). La ideología era una mezcla típica de la Europa de entonces en ese sector político de la Nueva Izquierda: un autonomismo de origen obrerista (y estudiantil), bregado en confrontaciones tanto con el llamado “sistema” como con la hegemonía de los partidos comunistas en sus respectivas izquierdas nacionales, que sumaba sin demasiados problemas cosmovisiones libertarias con experiencias consejistas no leninistas (o de partido), y que confluían mientras la fortaleza del contrario (el Estado capitalista y sus prácticas) desvaneciera sus diferencias.

La naturaleza ideológica real de ese autonomismo fue la oposición radical al asentamiento en la Euskadi de la Transición y primeros años de la democracia de un modelo institucional similar al europeo occidental. El mismo odio al sistema que venía de los autónomos italianos o que se había alimentado de una manera más intuitiva que ideológica durante las luchas laborales y de otro orden durante el tardofranquismo era el que se desplegaba entonces en el País Vasco. Si aquí prosperó fue porque se subió a la ola impugnadora de la democracia protagonizada por el mundo de ETA. Fue, en ese sentido, un elemento más de aquella radical impugnación y vivió de la fuerza y sostén social de esa corriente, aunque sus naturalezas diferenciadas les llevaran a chocar.

Básicamente ocurrió esto por una razón: el mundo de ETA combatía el establecimiento de una democracia liberal y capitalista, ubicada en el escenario institucional de un Estado español descentralizado. Combatía a España –la genuina razón de ser nacionalista de la banda–, combatía el proyecto de modernización política que suponía la democratización del país, combatía la posibilidad de que Euskadi formara parte de ese estado y combatía las manifestaciones sociales más lesivas de un sistema político y económico no igualitario, capitalista y jerárquico. A cambio, su proyecto político final, el de la izquierda abertzale, nunca se definió demasiado: podía ir de una socialdemocracia cooperativista (en términos de ESB) a un estatismo comunista enseguida cuestionado por la historia (la versión HASI). También podía albergar otra mezcla de individuos y grupos antisistema de procedencia tanto libertaria como leninista, pero ese sector fue siempre muy minoritario.

Enfrente, en el mundo de los autónomos, todo lo anterior era desdeñable. No por una parte de sus objetivos, con los que podían coincidir –muchos de los autónomos también fueron nacionalistas, antiespañolistas, abertzales e igualitaristas de manera imprecisa–, sino por las estrategias y por el opositor. Para los autónomos cualquier intento negociador o racionalizador de los términos de la confrontación –lo que propone el mundo de ETA con la Alternativa KAS en un instante- era un error. El llamado “etapismo” suponía una aceptación innecesaria de la realidad y de la correlación de fuerzas. El mundo de ETA era mucho más “político” que ellos. Su impaciencia revolucionaria clásica hacía que los autónomos repitieran el diagnóstico y estrategia tradicional del anarquismo (y quizás su error histórico): no hay necesidad de dialogar con lo existente; solo hay que combatirlo. En ese combate a muerte, además de rechazar el “etapismo” de la izquierda abertzale, se hacía lo propio con su querencia por un estado que, por muy independiente, vasco, socialista y euskaldún que fuera, era un estado igual que los demás, con sus mecanismos de violencia y homogeneización de la sociedad. El rechazo, como se ve, era a la par estratégico y finalista. Los autónomos eran enemigos del Estado español, como los de ETA y su mundo, pero pretendían superar a estos, a los que veían atorados en una lectura tradicional izquierdista, que se tenía a sí misma por vanguardia del pueblo y de su supuesto ideal revolucionario, y que hacía reposar sus expectativas últimas en un orden estatal que lo protegiera, organizara y alineara (y alienara) todo (y a todos). Los autónomos solo querían “acompañar al pueblo” y provocar su rebelión.

Semejantes diferencias, sin embargo, no dieron lugar al pronto a una disputa entre esos dos mundos. El de la autonomía también era profundamente respetuoso de la entrega militante de los etarras; incluso también subordinado moral y político de estos. La mística de la violencia y del activismo que compartían les impedía litigar con ellos y con su brazo civil. Recelaban de su hegemonismo en el campo de la oposición antiinstitucional y radical, de sus prácticas autoritarias y uniformizadoras, de la aplicación de su poder; también lo hacían de su estereotipo del vasquismo radical, durante muchos años demasiado clásico, ruralista y militante. Seguro que todos no votaban HB y que preferían seguir mostrándose como abstencionistas militantes, pero no cuestionaban las acciones ni de ETA ni de su entorno político.

ETA y la izquierda abertzale podían aguantar el acratismo de ese mundo cuando se manifestaba en celebraciones sobre todo festivas y juveniles. Les podía incomodar su exceso radical en formas y reivindicaciones, pero sabían que eran parte de su entorno. La vampirización de diferentes movimientos sociales y juveniles, o lo ocurrido con el llamado Rock Radical Vasco, son buenos ejemplos de ello. Los autónomos eran minoría, a pesar de su hiperactividad, y era cuestión de tiempo que cayeran todos, de uno en uno, de su lado; también los hermanos pequeños se hacen mayores. Pero algunas acciones armadas de los CAA, las que ponían en cuestión el perfil político, integrado y en algún modo respetable de HB, no podían ser permitidas. Actuaciones como el asesinato de Enrique Casas –o luego los cócteles contra la Casa del Pueblo de Portugalete, que provocaron dos víctimas mortales–, en la medida en que se vinculaban a ETA, ensuciaban la imagen de la izquierda abertzale. En esos momentos cayó sobre ellos el peso del poder de ese mundo: fueron descalificados como inoportunos y, después, como cómplices, conscientes o no, de las políticas del enemigo, ya fuera el gobierno socialista de entonces o incluso las estrategias oscuras de grupos como los GAL. De Floren Aoiz se recuerdan palabras lapidarias, brutales. En el país del “por algo será” la sombra de la sospecha resultaba letal, incluso para los próximos. Luego, cuando el peso más contundente del poder del estado se abatió sobre ellos –la muerte de cuatro autónomos en la bahía de Pasajes–, la izquierda abertzale les dejó definitivamente solos, contribuyendo incluso a la duda sobre si se trataba de una limpieza de pruebas de su implicación con el contraterrorismo ilegal. Fue su sentencia de muerte política.

Aquello sucedió en marzo de 1984 y fue el final de los CAA. Tres años después el atentado “casero” (con cócteles) de los llamados “Mendeku”, contra la Casa del Pueblo de Portugalete –¿de verdad tenían que ver con los autónomos o era “la chavalería de un tiempo infame”?–, estableció un lúgubre y disparatado epitafio para cuantos desde el mundo del autonomismo habían “jugado a la guerra” en esos años. Después, ya en los noventa, aquella kale borroka dejó de ser en parte la expresión enragé de un activismo juvenil radicalizado y antisistema para convertirse, a sugerencia de Txelis, en complemento de la estrategia de presión de ETA después de la caída de su dirección en Bidart (1992).

Autonomía obrera y subversión festiva

Pero subsistió durante años un activísimo y productivo territorio cultural autónomo. Habría quizás que distinguir dos tiempos en ese mundo. El primero, el que arranca en el tardofranquismo, es singularmente obrerista (y también popular). Las experiencias de reivindicación sociolaboral, en los estrechos marcos que dejaba la dictadura en sus momentos de crescendo represivo desde el Proceso de Burgos y antes con las huelgas obreras de los sesenta, eran de democracia directa, de asamblea y de dificultad para que se asentaran minorías políticas dirigentes. No es tanto que prosperaran a voluntad esas formas de organización obrera: es que eran las únicas posibles. Parte de aquel nuevo proletariado del desarrollismo se educó en la democracia directa obrera a falta de otra posibilidad. En ese escenario, algunos hicieron escuela y causa de tal procedimiento. El autonomismo obrero en España y Euskadi no era tanto, como en Italia, una manera de esquivar el hegemonismo del PC correspondiente: era una opción forzada, la única posibilidad. Incluso las comisiones obreras (con minúsculas) recorrieron ese camino y de ahí salieron también gentes para ese mundo: el Frente Obrero de ETA, el “Felipe” (Frente de Liberación Popular), algunos cristianos de JOC, los Comités Obreros, luego los consejistas leninistas de la OICE, los autonomistas de la OCA o los que provenientes de Liberación o de Askatasuna acabaron en la CNT. Es un tema poco estudiado, pero, por lo que sabemos de los archivos del tardofranquismo, la presencia activista de los de la autonomía obrera resulta mayor de la prevista (vg. panfletos en torno a la ejecución de Puig Antich, material firmado como Plataformas Anticapitalistas o referencias similares invitando a acciones defensivas de “violencia de clase”).

El proceso huelguístico que culminó dramáticamente en Vitoria un 3 de marzo de 1976 (cinco obreros muertos por la policía) fue sin duda su referencia máxima: algunos de sus líderes principales, como Jesús Fernández Naves o Imanol Olabarría, pertenecían a esta corriente de la autonomía obrera. Al principio mantuvieron su discurso y práctica radicalmente asamblearias, enfrentándose a los sindicatos recién legalizados en la primavera de 1977 y enseguida a las primeras elecciones sindicales libres celebradas un año después. La manera de encarar el conflicto laboral y la representación y decisión obrera chocaban. Poco a poco, a pesar de protagonizar algunas luchas puntuales en fábricas como Mevosa (Vitoria), fueron superados por las maquinarias sindicales y por las grandes afiliaciones de ese momento. Al mediar la década de los ochenta ya eran historia. En ese sentido, el activismo armado de los CAA tuvo poco que ver con ese movimiento obrero menguante. Pusieron algunas bombas contra sedes de sindicatos (CC.OO, UGT o Sindicato Unitario, entre otros) y llevaron a cabo acciones de presión en empresas en conflicto, pero curiosamente donde con más nitidez se implicaron fue en el de Michelin-Vitoria de los primeros 80 y con un sindicato, la CNT, que poco tenía que ver con esa tradición autonomista aquí.

Luego está la dimensión culturalista y vivencial. Esta tuvo una extraordinaria importancia en lugares como Vitoria, Pamplona o Rentería, coincidiendo con los años de actividad de los Autónomos o con los instantes de su desaparición. El movimiento cultural alcanzó todo tipo de sectores (literario y gráfico con sus corrosivos fanzines o musical con sus conocidos grupos) y sirvió de soporte tanto a la radicalidad ambiente del momento como a la específica de la minoría autonomista. En ese sentido lo mismo apoyaron el activismo de los armados que los combates por tiempos y espacios “liberados” frente a la intención normalizadora de las instituciones. El juvenilismo –éramos tan jóvenes, muchos y muy activos–, la incertidumbre acerca de qué proyecto político iba a prosperar, la ensoñación revolucionaria de entonces, la falta de rodaje de las nuevas instituciones que dejaba mucho espacio sin abarcar y a disposición de la iniciativa autónoma… son algunas de las razones que explican aquella actividad febril.

En ese sentido, no es que la mayoría de aquella juventud fuese concienzudamente autonomista o ácrata. Se repetía lo ocurrido en el campo obrero: eran el escenario y los condicionantes los que les llevaban a optar por procedimientos primarios, autogestionados, horizontales. En ese contacto, algunos elaboraban teoría y establecían esa sencillez organizativa y ese alejamiento de la norma como referentes a potenciar. Aquello era la autonomía, la posibilidad de articular un microcosmos alternativo a los poderes que poco a poco se iban asentando en la nueva realidad democrática. Fue una “movida”, la vasca, coincidente en el tiempo con la de otros lugares (Madrid, Galicia…) y nutrida a partir de similares contextos (hastío de lo político, vuelta al grupo y al yo, defensa del proceso frente al resultado…). Sin embargo, por el lugar y tiempo tan conflictivos en que se movía, la de aquí resultó más “política” y reivindicativa que la de cualquier otro sitio. Un trozo de ese beneficio político, el mayor, fue para la izquierda abertzale y para la legitimación indirecta del terrorismo de su ETA; el entusiasmo del día a día quedaba reservado a quienes disfrutábamos de aquel autonomismo tan libertario. Al final, la dureza del poder político también se impuso y fue ese mundo de ETA el que se mantuvo en el tiempo; de lo otro solo quedan recuerdos y experiencias como los que aquí se describen.

En todo caso, y en aquella melange de activismo, búsqueda de la épica y de cierta trascendencia, deseos de cambio profundo, adanismo juvenil, rechazo del pasado y de los mayores, aversión a lo institucional y convicción de que otro mundo (mejor) era posible, la justificación de la violencia más extrema y más cotidiana se asentó. Por activa o por pasiva no dijimos nada; aquello no iba con nosotros y peor que nadie era el enemigo que la sufría, aquellas víctimas que nunca vimos (policías, militares, políticos de derechas, chivatos, drogatas, empresarios o gente que no tenía que pasar por allí). Luego empezaron a sucederse violencias más incomprensibles, o por más cercanas o por más indiscriminadas. Algunos no se movieron del sitio y apostaron por una biografía pulcra, estética, tan ajena a los cambios del entorno como a las exigencias de cierta utilidad social, a pesar de la continuidad de su activismo hipercrítico. Otros empezamos a dudar del nihilismo y a valorar si no eran este y sus expresiones de violencia mucho más injustos que aquello contra lo que pugnaban. La reacción contra la violencia y sus efectos nos llevó a muchos al compromiso con el-mundo-realmente-existente y, con él, a la democracia, como instrumento y como objetivo, como valor en sí mismo. Fue un tránsito difícil, que nos hace apreciar cada día la distancia entre aquellas convicciones de verdadero creyente y las actuales de ciudadanos tan comprometidos como descreídos. Porque, como decía aquel libro, “vivir es fácil con los ojos cerrados”. Pero, ¿y si prefieres vivir mirando de frente a la única realidad?

Antonio Rivera es catedrático de historia contemporánea de la Universidad del País Vasco. Entre sus publicaciones figura la coordinación del libro Violencia política: historia, memoria y víctimas (Maia, 2010).



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