Crecí en conciencia

Crecí en conciencia

Jesús Sánchez Maus

Al mirar mi recorrido, no dejan de venirme a la cabeza aquellas palabras de Rigoberta Menchú, “y así me nació la conciencia”, que dan título al libro de Elizabeth Burgos, publicado por primera vez en 1983 por Casa de las Américas, que relata la vida de la líder popular y denuncia maltratos y atrocidades sobre los indígenas guatemaltecos, paradigma de la situación de tantas comunidades indígenas de América Latina. Puedo decir que a mí también me fue creciendo la conciencia en mi compromiso intenso en Gesto por la Paz. Conciencia que, siendo personal, no pudo por ello mismo dejar de hacerme sentir la responsabilidad sobre el acontecer social.

Han pasado más de treinta años desde que allá por 1985, siendo todavía seminarista y estudiante de Teología en la Universidad de Deusto, me decidiera a comprometerme con una realidad atroz, de la que el pasado parece quedar en el pasado y cuyos efectos en el presente son diluidos por algunos empeñados en vivirlos con la convicción de que sólo cabe prescindir de ellos y contar con el futuro.

De dónde partimos

ETA y su entorno estaban en pleno fragor asesino. Los años ochenta fueron particularmente terribles. En 1980 la banda terrorista asesinó a 91 personas, y en el conjunto de la década una media de 40 al año. Tiempos cargados de miedo y de apatía que exigían combatir la aparente indiferencia generada. En esta atmósfera social se convocó la primera manifestación de Gesto por la Paz en torno al aniversario de M. Gandhi el 30 de enero de 1988, a la que respondieron cerca de dos mil personas. Hacía ya tres años que se llevaban a cabo las conocidas concentraciones silenciosas, diseminadas a esas alturas por una veintena de puntos del País Vasco y Navarra.

No podíamos ser indolentes con una situación que aún muchos no veían y no querían ver porque creían que iba con otros y no con todos. Faltaba coraje político y social para afrontar lo que no podía ceñirse sólo a la mera reflexión ni en lo partidario ni en lo institucional ni en lo militar o policial, pues afectaba de hecho al conjunto de la sociedad. La violencia nos modelaba y nos deshumanizaba a todos, o como actores o como figurantes o como simples espectadores. Su presencia era holística. Estaba en todo y lo condicionaba todo: la política, los movimientos sociales, las fiestas populares, la proyección internacional de Euskadi, las relaciones humanas… ETA y su entorno fueron pasando de la preponderancia de la política a la consolidación de una clara identidad mafiosa. A pensarse como “una familia” contra todos los demás, y por encima de los demás, actuando con la brutalidad y la violencia que piden hacerse respetar y temer. Un número importante de pequeños pueblos del País Vasco fueron testigos de esta contundente evidencia y la experimentaron de forma particularmente angustiosa.

En este contexto, el compromiso me atrapó y se hizo pertinaz, extendiéndose por veinticinco años de mi vida, en los que compartí con personas diversas una implicación personal profunda. Mayoritariamente con personas jóvenes que se vieron atraídas por un compromiso real, que resultaba atrayente, quizás también arriesgado. Pero importante y decisivo. Muchos pasamos nuestra juventud combatiendo pacíficamente a la violencia irracional, tiránica e injusta de ETA. Juntos progresamos en la conciencia de que no era un entretenimiento lo que hacíamos ni tan sólo una respuesta coherente a la identidad cristiana de muchos de nosotros, que pedía (y hasta exigía) un compromiso con el mundo que fuimos descubriendo como realmente transformador. Maduramos en grupo para consolidar y fortalecer el ejercicio de nuestra ciudadanía, al tiempo que ETA maduraba y crecía en sus actos para caer podrida de un árbol que no ha podido soportar al fin tanta inclemencia. Poco a poco hicimos posible que fuera calando aquello de que no podíamos (ni debíamos) resignarnos a considerar el terrorismo y a los terroristas ni “tan temibles” ni “tan invencibles”.

Por dónde fuimos

Fuimos creciendo entre incertidumbres, miedos, apatías y complejos, al tiempo que en conciencia y decisión. Algunas incertidumbres, miedos y complejos no acabaron de irse del todo, pero perdieron fuerza y poder porque cada vez fuimos más lo que tomamos la calle, haciendo de este espacio público el lugar necesario e idóneo para reivindicar la paz y el respeto social. Gesto por la Paz llegó a tener cerca de 170 grupos en su momento más álgido. Además de los que apoyaban dentro y fuera del resto de España.

En esa tarea y en ese camino, creo que muchos de los que proveníamos del sustrato eclesial dejamos complejos específicos adquiridos. Como aquellos que nos hacían considerar que era más cristiano el que se sentía vasco nacionalista, o los que nos hacían creer que lo correcto era la equidistancia, o los que nos ayudaban a entender que los asesinos no eran malas personas sino que tenían ideales extremos. Con el paso del tiempo algunos fuimos comprendiendo y admitiendo que mientras perdurara la arrogancia de los violentos no debía exigirse ni hablar de reconciliación o de perdón. Pues esto correspondía en todo caso a un segundo momento, más allá de la situación persistente de la violencia y el terror. Pues lo primero era desbaratar los fundamentos ideológicos que justificaban lo que ETA hacía. Una tarea que, por cierto, tardó en llegar.

Los que teníamos una relación e implicación muy directa con la comunidad eclesial, como en mi caso, dada mi condición de seminarista o luego ya de cura, tuvimos que padecer un plus de presión. Escuchar a personas y responsables destacados de la Diócesis de Bilbao sentencias como que “hay violencia en un lado y en otro”, que hay que “tener en cuenta también a las familias de los presos y su sufrimiento”, que hay gente a la que “le gusta llevar escolta”, que algunos “se hacen las víctimas”, y cosas similares para, de alguna manera, justificar (si no legitimar) actos terroristas, me dejaba triste, perplejo y ante profundas contradicciones y desconciertos morales. Aunque, al tiempo que lo asimilaba y situaba, me servía para ahondar en mi decisión de hacer de este compromiso un referente de mi vida en esos años. De ahí la progresión de mi compromiso que comenzó con Gesto por la Paz y acabó llevándome a presentarme en las listas a las elecciones de marzo de 2003 en solidaridad con los partidos especialmente amenazados por ETA. Pasando por un posicionamiento público a través de artículos de prensa o charlas a grupos. En fin, y aun acompañándonos unos a otros, lecciones aprendidas entre duelos, riesgos, miedos, soledades…

Fueron años muy difíciles en los que con frecuencia nos sentimos pocos, solos y locos. ¡Y cuántas veces nos hicieron sentir ingenuos! El miedo y la comodidad de rehuir situaciones problemáticas y desasosiegos impedían que estuviéramos arropados. ¡Cuántas voces oí que me susurraban “estoy de acuerdo contigo, pero yo no me atrevo”! En mi interior guardo aun sonidos y caras de algunas personas. De quienes comprendí, sin duda, sus dificultades; por lo que nada les achaco hoy.

Pasaron años hasta que la intemperie se diluyó y se generó una cierta cobertura social, de medios de comunicación y de instituciones. Yo mismo redacté para Iñaki Gabilondo una nota de presentación de Gesto por la Paz en la recepción del primer reconocimiento otorgado por votación popular en el apartado “Valores Humanos” por el diario El Correo en mayo de 1988. No se sabía exactamente quiénes éramos, ni tampoco el presentador de la gala llevada a cabo en el Teatro Arriaga de Bilbao. Y podemos decir que para el conjunto de España el descubrimiento de nuestra existencia y actos prácticamente arranca a partir de las acciones realizadas a favor de la liberación de Julio Iglesias Zamora y el símbolo del lazo azul, coincidiendo con la concesión el Premio Príncipe de Asturias a la Concordia en 1993.

¿Habremos llegado?

En definitiva, Gesto por la Paz ha sido para mí una experiencia intensa como proceso de crecimiento y maduración humana, tanto individual como colectiva, a la que nos vimos abocados por la necesidad de afrontar una dura realidad que nos impedía ser nosotros mismos, ser una sociedad con identidad cívica, integrada al tiempo que integradora y plural. Si lo conseguimos o no, o qué es lo que de verdad queda de lo que aportamos, ya lo juzgará en el futuro la historia (y los historiadores).

Al menos en mi caso, sigo identificando el sentido del compromiso ejercido con algo que expresamos los curas que nos presentamos en listas con partidos amenazados en las elecciones de marzo de 2003: “queremos que se entienda con toda claridad que el gesto que hacemos es consecuencia, no de nuestras ideas políticas, sino de nuestro intento situado de coherencia con el evangelio de Jesucristo, muerto y resucitado por todos nosotros”.

Ahora que el terrorismo etarra parece haber cerrado un triste capítulo de la reciente historia de la sociedad vasca y española, seguimos a la expectativa de saber si hemos llegado a algún lugar que merezca la pena. En todo caso, supone ya un alivio y una cierta satisfacción hablar de ello refiriéndonos al pasado.

Jesús Sánchez Maus (Bilbao, 1962), es uno de los iniciadores de Gesto por la Paz. Presbítero diocesano desde hace 26 años, actualmente ejerce en varias parroquias de la capital vizcaína.



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