Cambio de turno y cambio de vida

Roberto Manrique

Todos los estudiantes hemos tenido nuestras asignaturas preferidas y en mi caso eran Geografía e Historia. A través del conocimiento aprendí que en las guerras se cometían crímenes porque siempre había “quien decidía imponer sus ideas causando muertes ajenas”. Quizás esa fuera una de las razones por las que me declaré objetor de conciencia, a riesgo de una condena de seis años en algún penal de la época. O quizás otra asignatura, Literatura, fuera la razón por la que con 15 años era el director de la revista del Instituto. El título lo decía todo: “El cerebelo exaltado”.

Pasando el tiempo, me casé en 1983 y en 1987 ya teníamos un niño de dos años y otro de 10 meses. Aunque la vida me había llevado por otros derroteros muy poco relacionados con mis tres asignaturas prioritarias, desde muy joven disfruté trabajando como carnicero. Llegó el jueves 18 de junio cuando un compañero me pidió que le cambiara el turno del día siguiente. Accedí sin problemas y desde ese momento me convertí en candidato a ser un afectado más en aquella “guerra” a la que jamás había prestado demasiada atención porque la política nunca fue un asunto que me despertara demasiado interés. Incluso cuando algún medio de comunicación informaba de que ETA (u otras siglas) había atentado me conformaba con la versión oficial, con aquello de “el Gobierno se hará cargo de las familias” y que aquel tema no tenía nada que ver conmigo ni con mi entorno.

Al tener la mañana del viernes libre, dejé a los niños con la abuela y me fui a jugar al tenis con un gran amigo de la infancia. A esa misma hora, mientras unas molestas gotas de lluvia nos obligaban a terminar el partido, a pocos kilómetros tres terroristas ultimaban la preparación de su artefacto asesino.

Pasé a ver a los niños, comí con ellos y después me marché andando al trabajo. Al llegar cerca de Hipercor, la lluvia aumentó y decidí entrar por la puerta de acceso al parking junto a un Ford Sierra con los bajos rozando el suelo. “Vaya máquina” pensé. Aquel coche fue estacionado justo debajo de la carnicería donde trabajaba.

Un rato después, cuando ya estaba en el mostrador despachando diez libritos de lomo a la señora Agustina y a su hija Mari Carmen, aquella máquina explotó causando una onda expansiva que reventó el suelo y nos puso, frente a frente y de abajo a arriba, con las llamas y una tremenda ola de calor. La máquina llevaba en su interior 300 kilos de explosivo entre amonal, cola de impacto, escamas de jabón y metralla diversa. Con razón los bajos rozaban el suelo…

No entraré en detalles sobre lo que se siente cuando te estás quemando, cuando la mezcla del pegamento y las escamas de jabón se adhieren a la piel y el denso humo te ahoga, notando que la piel de la cara se derrite y los párpados se cierran, que los pies parecen inmóviles y tienes que huir chocando con todo porque también brazos y manos están quemados.

En el piso inferior, donde se encontraba la máquina asesina, ya eran quince las víctimas mortales. Los heridos más graves ya éramos una veintena, de los que seis no pudieron sobrevivir.

Sólo pensaba en que había explotado una cámara frigorífica del supermercado. Mi mente quería creer que había sido un accidente y que tenía que sobrevivir como fuera. Fue el martes 23, mientras me llevaban hacia el quirófano para intentar salvar el brazo derecho, especialmente afectado a nivel sensorial y nervioso, cuando escuché una voz que dijo: “qué hijos de puta los de la ETA, cómo se les ocurre meter una bomba en un supermercado”. No sé quien lo dijo pero aquella frase produjo un chasquido en mi cerebro: en la camilla de un pasillo del hospital me acababa de enterar de que había sido víctima de un atentado terrorista.

Un vasco afincado en Francia había dado órdenes a un palentino, una navarra y un gallego para que mataran a seres humanos de diferentes orígenes geográficos en Catalunya, creyendo que “imponer sus ideas causando muertes ajenas” en un supermercado les reportaría algún tipo de ventajas. ¿Políticas? ¿Económicas? Desde ese momento ya formaba parte del grupo de víctimas del terrorismo, afectado por una “guerra” que nunca había sentido cercana pero que me obligó a pasar tres veces por quirófano para injertar dedos, manos y brazos además de quemaduras graves en cara y cabeza. Aunque nadie piensa en las intensas y dolorosas curas, siempre he dicho que eran peor que una operación. En quirófano estabas anestesiado, pero en las curas y en los ejercicios de rehabilitación estabas plenamente consciente.

Tras muchos meses de alta y baja laboral, pude asistir al juicio en octubre de 1989 y descubrí algo impensable. Del enorme número de personas con seres queridos asesinados o de la extensa relación de heridos solo iban a aportar su testimonio dos: una herida grave que, al ser extranjera y no dominar el idioma excusó su asistencia, y uno de los heridos mas leves del atentado. Cuando pregunté la razón para esa pantomima me explicaron que había sido una elección por sorteo. ¿Sorteo? ¿La justicia escuchaba la voz, el dolor y la experiencia de las víctimas a través de un sorteo? De más de cien afectados ¿sólo iban a escuchar a dos?

Salí de aquel juicio con la impresión de que la víctima era quien menos importaba a la justicia, que éramos la inoportunidad personificada. Por una confusión de fechas ya había estado en un juicio días antes y me había sorprendido que no estuviera presente ni un solo familiar de la única víctima mortal del atentado que juzgaban. ¿Sorteo, simple desidia o ineptitud?

Quizás esa rabia interna y la desconfianza en la justicia fue la responsable de que en marzo de 1990 aceptara la invitación que me presentaron los responsables de la antigua AVT y, sin pensarlo ni un segundo, me ofreciera a ayudar en la labor de asistencia a las víctimas residentes en Cataluña como delegado.

Por mi experiencia posterior y por todos los años dedicados desde 1989 a colaborar y ayudar en la asistencia integral a nivel asociativo dirigida a cientos de víctimas de diferentes bandas terroristas, podría enumerar infinidad de experiencias, anécdotas, historias o situaciones de todo tipo: tristes, alegres, bochornosas, vitales, patéticas… he aprendido grandes lecciones de muchas víctimas y a algunas otras prefiero olvidarlas. Podría explicar hasta donde llega el límite del cinismo, la hipocresía y el abandono de ciertos representantes políticos, de diversos miembros de las administraciones y, no puedo negarlo, de algunos en el submundo de “las” víctimas del terrorismo. Pero no es este el lugar ni el momento para hacerlo. Tiempo habrá para ello aunque quien quiera más información solo tiene que consultar El trastero azul.

En cambio, y pese al innegable dolor padecido, sí es el momento para mostrar mi esperanza porque desde octubre de 2011 la banda terrorista ETA ya ha abandonado su actividad asesina y nadie más sufrirá lo que tantos otros ya hemos sufrido y es importante remarcarlo, tanto dentro como fuera del País Vasco: muchos, demasiados, el asesinato de un ser querido. Otros, las heridas permanentes e invalidantes que cada día nos recuerdan el dolor de lo vivido.

Solo espero que quien lea este humilde escrito lo vea como un homenaje a la infinita mayoría de las víctimas del terrorismo de todos los rincones de este país, anónimas o no, conocidas o desconocidas… que con nuestra dignidad y nuestra paciencia hemos aprendido a vivir con lo ocurrido y hemos colaborado y trabajado para tener un mundo un poquito mejor, sin caer en la venganza ni desear la muerte de nadie.

Y al resto de ciudadanos de bien, a los que en algún momento de su vida se comprometieron con nuestra causa, un enorme agradecimiento por el apoyo recibido.

Roberto Manrique, herido en el atentado de ETA contra el supermercado Hipercor de Barcelona, es uno de los fundadores de la Asociación Catalana de Víctimas de Organizaciones Terroristas.



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