Aquellos vergonzosos años

Eduardo Mateo Santamaría

Hace unas semanas se produjeron en los campus universitarios de Bizkaia y Álava varios actos de “kale borroka” que a algunos nos hicieron recordar viejos tiempos. Aunque no tan viejos, porque la violencia callejera en este país ha durado hasta hace dos días. En este 2017 acabo de estrenar mi cuarentena. Si echo la vista atrás, mis pasos por los diferentes niveles educativos (escuela, instituto y universidad) han estado marcados por la violencia y el terror sembrado por aquellos que defendían a ETA y practicaban la “kale borroka”. Habría que preguntar sobre esta situación a muchos de mis coetáneos que estudiaron en los mismos centros y vivieron las mismas circunstancias que yo. Seguro que muchos no dedicarían ni minuto a hablar ni reflexionar sobre todo lo que ocurría delante de nosotros día sí y día también.

¿Y por qué? Porque lo que ocurría no iba con ellos, no se sentían interpelados. Mi generación nació y la violencia terrorista ya existía. Formaba parte del panorama informativo cotidiano, era el pan de cada día y muchos lo asumían como algo inevitable. Ejercer la libertad de expresión, militar en partidos no nacionalistas, ser juez, policía nacional, guardia civil, ertzaina, empresario, periodista o docente universitario, conllevaba un riesgo vital y añadido. Lo más grave de todo es que esta situación era asumida como algo normal por gran parte de la sociedad. Fue asumido por muchos de aquellos jóvenes que en los últimos años 90 y primeros de 2000 acudíamos a la universidad pública vasca. El lugar que se supone debe ser foro para el diálogo, el respeto y el conocimiento, era territorio libre para el enfrentamiento provocador de unos y la pasividad de la gran mayoría.

La legitimación de la violencia terrorista estaba siempre presente mediante carteles, pintadas, insultos y miradas amenazantes. Ese era el paisaje en el que se desarrollaba la vida universitaria y que yo pude vivir de primera mano en el campus de Leioa. Una vida que no se alteraba demasiado cuando ETA actuaba pero que era un hervidero ante las detenciones de terroristas o los “borroka eguna. Éramos muy pocos los que acudíamos a las concentraciones que en mi campus se convocaban en contra de la violencia etarra, algunos profesores comprometidos, muchos de ellos amenazados, y algunas decenas de alumnos. Yendo a esas concentraciones nos significábamos ante una masa estudiantil mayoritaria tan pasiva como ausente.

Un punto de inflexión fue el atentado afortunadamente fallido que en diciembre de 2000 pudo causar una masacre en la Facultad de Ciencias Sociales y de la Comunicación de Leioa. A aquella concentración de repulsa y condena acudió mucha gente. Quizás algunos se dieron cuenta de que les podía tocar y se sintieron concernidos, aunque nunca hubo en aquellos años otra concentración tan multitudinaria. Pasado aquel episodio, las aguas de la indiferencia y la insensibilidad volvieron a su cauce. Los violentos ocuparon prestos de nuevo paredes y columnas con las consignas de siempre, volviendo a teñir el entorno de mensajes de aliento a ETA y sus presos.

En ese contexto, expresar abiertamente que uno estaba en contra de ETA y de su proyecto político era casi una heroicidad. Pero había gente que lo hacía, el propio decano de mi facultad y después rector, Manuel Montero, que vivió junto a su equipo años durísimos, bastantes profesores y también algunos alumnos. Significarse, dar la cara y no callarse supuso para muchos, y sobre todo en el ámbito del profesorado, tener que marcharse, tener que mirar debajo de sus coches, aguantar insultos, amenazas y ser escoltado.

En mi caso, las veces que en clase me negué a secundar huelgas o recoger panfletos a favor de los presos, me supusieron insultos y miradas desafiantes. Lejos de que eso animara a otros a hacer lo mismo y ser más, los comentarios de algunos de mis compañeros eran tales como “te lo estás buscando, no les provoques, no sirve de nada”, “no te metas en política” o “si te pasa algo será tu responsabilidad”. Éramos estudiantes de ciencias políticas, con lo que el asunto tenía más gravedad aún. Que tus propios compañeros realizando una carrera como la nuestra consideraran que no había nada que decir ni hacer ante la violencia y la amenaza, era a todas luces inaceptable.

Hay también otro momento que recuerdo con nitidez. Fue la tarde del 22 de febrero de 2000. Yo estaba en segundo de carrera y pasadas las cinco de la tarde, estando en clase con el profesor Francisco Llera, alguien llamó a la puerta, cosa extraña porque raramente se interrumpían las clases. Una voz desde fuera pidió al profesor que saliera. Pasados pocos minutos, Llera entró de nuevo cabizbajo en el aula y con el rostro desencajado se dirigió a nosotros y nos comunicó que había habido un atentado en Vitoria y que Fernando Buesa y su escolta habían sido asesinados. Visiblemente afectado porque Llera era compañero de filas de Buesa en el PSE-EE, no podía creerse lo que acababa de suceder. Con un tono enérgico y enfadado nos reprendió diciéndonos que como jóvenes y universitarios no podíamos quedarnos de brazos cruzados, que la juventud estaba dejando hacer y que nuestro silencio era cómplice. Sus palabras resonaron con fuerza en la sala y tuve ganas, muchas ganas de preguntar a esa otra parte de la clase que no se inmutó, cuál era su sentir ante tal barbarie. Llera no pudo seguir y la clase no continuó.

Mi último año de carrera lo pasé en el extranjero. El programa Erasmus me permitió ver otra realidad, donde pensar, ser diferente y discrepar era lo normal, era lo esperado y sobre todo respetado. Qué oportunidad, qué libertad. Fue mi mejor año en el ámbito universitario, lejos de mi tierra, percatándome de que lo que vivíamos en Euskadi era una pesadilla real contra la que había que luchar y comprometerse.

Esta es mi memoria de lo ocurrido en esta parcela de mi vida, la de mi paso por la universidad. Sin embargo, hay otras parcelas de mi vida y de otras muchas vidas como la mía que también han estado marcadas por la sinrazón de ETA. Es necesario contar lo que hemos vivido. Es vital para que la historia de este pasado reciente se llene de testimonios que cimenten un relato veraz de todo lo sucedido. Se lo debemos ante todo a las víctimas, pero también a nuestras generaciones futuras.

Eduardo Mateo Santamaría es licenciado en Ciencias Políticas y de la Administración por la Universidad del País Vasco y Certificat d’Études Politiques del Institut d’Études Politiques-Sciences Po Bordeaux. Actualmente es el responsable de proyectos y comunicación de la Fundación Fernando Buesa Blanco.



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